OCCIDENTE Y SU DESAFÍO

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De la geografía a la filosofía posmoderna

¿Qué entendemos por "Occidente"?

El término "Occidente" puede interpretarse de diferentes maneras. Por lo tanto, en primer lugar deberíamos definir lo que entendemos por ese término y cómo el concepto ha evolucionado históricamente.

Es perfectamente evidente que "Occidente" no es un término puramente geográfico. La esfericidad de la Tierra hace tal definición simplemente incorrecta: lo que para un punto es el oeste, para otro es el este.

Pero nadie incluye este sentido en el concepto de "Occidente". Aunque mediante un examen más minucioso descubriremos aquí una circunstancia importante: la concepción de "Occidente" toma por defecto como su línea cero, desde la que se establecen sus coordenadas, precisamente a Europa. Y casualmente la línea cero del meridiano pasa por Greenwich de acuerdo con un convenio internacional. El eurocentrismo está ya incorporado en el propio procedimiento.

Aunque muchos estados antiguos (Babilonia, China, Israel, Rusia, Japón, Irán, Egipto, etc.) pensaran en sí mismos como "el centro del mundo", "los imperios medios", "celestiales", "los reinos bajo el sol", en la práctica internacional Europa se convirtió en la coordenada central; más estrictamente, Europa Occidental. Precisamente desde ahí se acostumbra a definir un vector en dirección hacia el Este y un vector en dirección hacia el oeste. Sucede entonces que incluso en el estrecho sentido geográfico vemos el mundo desde un punto de vista eurocéntrico, y lo que se acepta llamar como "Occidente", al mismo tiempo se presenta a sí mismo como el centro, "el medio ".

Europa y la Modernidad

En un sentido histórico, Europa se convirtió en ese espacio territorial donde se produjo la transición de la sociedad tradicional a la sociedad de la modernidad. Lo que es más, tal transición se logró gracias al desarrollo de tendencias autóctonas de la cultura europea y de la civilización europea. Desarrollando en una dirección específica principios establecidos en la filosofía griega y el derecho romano, a través de la interpretación de las enseñanza cristiana - en un primer momento con la escolástica católica, y más tarde en clave protestante - Europa llegó a crear un modelo de sociedad única entre otras civilizaciones y culturas. Esta sociedad, en primer lugar: • Se construyó sobre bases seculares (ateas); • ha proclamado la idea de progreso social y técnico; • ha creado los fundamentos de la visión científica contemporánea del mundo; • ha desarrollado e introducido un modelo de democracia política; • ha considerado como de suma importancia las relaciones capitalistas (de mercado); • realizó la transición desde una economía agraria a una economía industrial.

En una palabra, Europa se convirtió en el espacio del mundo contemporáneo.

Puesto que en las fronteras de la propia Europa las zonas más vanguardistas del desarrollo del paradigma de la modernidad fueron países tales como Inglaterra, Holanda y Francia, que se encuentran al oeste de centro Europa (y especialmente del Este), los conceptos de "Europa" y de "Occidente" se convirtieron gradualmente en sinónimos: lo "europeo" propiamente dicho, a diferencia de otras culturas, consistió precisamente en la transición de la sociedad tradicional a la sociedad de la modernidad, mientras esto, a su vez, ocurrió en primer lugar en Europa occidental.

Por lo tanto, el término "Occidente", desde el s. XVII al s. XVIII, adquiere un sentido civilizatorio preciso, convirtiéndose en sinónimo de "modernidad", "modernización", "progreso"; de desarrollo social, industrial, económico y tecnológico. A partir de ahora, todo lo que estuvo implicado en los procesos de modernización fue automáticamente conectado a Occidente. "Modernización" y "occidentalización" demostraron ser sinónimos.

La idea de "progreso" como base para la colonización política y el racismo cultural

La identidad de la "modernización" y de la "occidentalización" requiere algunas aclaraciones que nos conducirán a conclusiones prácticas muy importantes. La cuestión es que la formación en Europa de la civilización sin precedentes de la era moderna [lit: el tiempo nuevo], el establecimiento de la "modernidad", condujo a un orden cultural particular que en un principio formó la auto-conciencia de los propios europeos, pero más tarde también la de todos aquellos que se encontraron bajo su influencia. Con este establecimiento se hace avanzar la sincera convicción de que el camino del desarrollo de la cultura occidental, y especialmente la transición de la sociedad tradicional a la sociedad contemporánea, no sólo es una peculiaridad de Europa y de los narods [pueblos] que la pueblan, sino una ley universal del desarrollo, obligatoria para todos los demás países y narods. Los europeos, "la gente de Occidente", fueron los primeros en pasar por esta fase decisiva, pero todos los demás están condenados fatalmente a ir por el mismo camino; puesto que tal es la lógica supuestamente "objetiva" de la historia del mundo, el "progreso" lo exige.

La idea de que Occidente es el modelo obligatorio de desarrollo histórico de la humanidad y de la historia del mundo - como en el pasado, así en el presente y en el futuro -, es concebida como una repetición de aquellas etapas que Occidente, en su desarrollo, ya ha atravesado, o a las que se aproxima en el presente, con antelación a todos los demás. En todas partes donde los europeos se han topado con culturas "no occidentales" que conservaron su "sociedad tradicional" y su propio camino, hicieron un diagnóstico inequívoco: "barbarie", "salvajismo", "atraso", "ausencia de civilización", "sub-normalidad". De este modo, poco a poco Occidente se hizo la idea de unos criterios normativos para la evaluación de los narods y culturas de todo el mundo. Cuanto más lejos estaban de Occidente (en su nueva fase histórica), más "defectuosos" e "inferiores" se pensaba que eran.

Las raíces arcaicas de la exclusividad occidental

Es interesante analizar el origen de este acuerdo universalista, en el que se identifican las etapas del desarrollo de Occidente y la lógica general obligatoria de la historia del mundo.

Las raíces más profundas y más arcaicas se pueden encontrar en las culturas de las tribus antiguas. Es característico de las sociedades antiguas identificar el concepto de "hombre" con el concepto de "pertenencia a la tribu", "a la etnia", lo que lleva a veces a la negación de la condición de "hombre" al miembro de otra tribu, o a situarlo a sabiendas en un nivel jerárquico inferior. Los hombres de otras tribus o de narods esclavizados se convirtieron por esta lógica en la clase de los siervos, llevados más allá de los límites de la sociedad humana, privados de todo tipo de derechos y privilegios. Este modelo - compañeros de tribu = personas, miembros de una tribu extranjera = no personas - yace en la base de las instituciones sociales, legales y políticas del pasado, y fue analizado en detalle por Hegel (en particular, por el hegeliano A. Kojève), examinando el par de figuras amo-esclavo. El amo era todo; el esclavo, nada. El estatus de hombre pertenecía al amo como un privilegio. El esclavo se equiparaba, incluso legalmente, al ganado doméstico o a un objeto de producción.

Este modelo de dominación demostró ser mucho más estable de lo que uno podría haber pensado, y se trasladó en forma modificada a la era moderna [lit: el tiempo nuevo]. Así surgió el complejo de ideas que, paradójicamente, combina la democracia y la libertad dentro de unas sociedades europeas en sí mismas con unas rígidas disposiciones racistas y una cínica colonización en sus relaciones con otros narods "menos desarrollados" .

Es significativo que la institución de la esclavitud, y por motivos raciales, regresa a las sociedades occidentales después de una brecha de más mil años - en primer lugar en los EEUU, pero también en los países de Iberoamérica - precisamente en la era moderna, en la época de la difusión de las ideas democráticas y liberales. Es más, la teoría del "progreso" sirve, en realidad, como base para la explotación inhumana por parte de europeos y estadounidenses blancos sobre los aborígenes: los indios nativos y los esclavos africanos.

Una impresión comienza a tomar forma, la de que por la formación de la civilización de la era moderna en Europa, el modelo del amo-esclavo se transfiere desde la propia Europa al resto del mundo en forma de política colonial.

El imperio y su influencia en la occidentalización contemporánea

Otra fuente importante de esta influencia fue la idea de Imperio, que los europeos rechazaron explícitamente en los albores de la era moderna, pero la cual penetra en el inconsciente del hombre occidental. El imperio - como el Romano, más tarde también el cristiano (el Bizantino en el este y el Sacro Imperio Romano de las naciones germanas en el Oeste) - fue pensado como el Universo, dentro del cual vive el pueblo (los ciudadanos), mientras que más allá de su límites viven "subhumanos", "bárbaros", "herejes", "gentiles" o incluso objetos fantásticos: devoradores de hombres, monstruos, vampiros, "Gog y Magog", etc. Aquí la división tribal entre los propios (las personas) y los extraños (no personas) se transfiere a un plano más alto y más abstracto: los ciudadanos del imperio (participantes en el Universo) y los no ciudadanos (habitantes de la periferia global).

Esta etapa de generalización respecto a quién debe ser y quién no debe ser contado como una persona, puede ser vista en su totalidad como una etapa de transición entre lo arcaico y el Occidente contemporáneo. Habiendo rechazado formalmente el imperio, junto con sus fundamentos religiosos, la Europa contemporánea conservó totalmente el imperialismo, transfiriéndolo sólo al nivel de los valores e intereses. El progreso y el desarrollo tecnológico fueron pensados en lo sucesivo como una misión europea, en nombre de la cual fue desplegada una estrategia de colonización planetaria.

Por lo tanto, la era moderna [lit: el nuevo tiempo], habiendo roto formalmente con la sociedad tradicional, transfirió algunas disposiciones básicas precisamente de esa sociedad tradicional (la división arcaica en el par persona/no-persona por motivos étnicos; el modelo del amo-esclavo; la identificación imperialista de su civilización con el universo y de todos los otros con los "salvajes", etc.) a las nuevas condiciones de vida. El Occidente como idea y como estrategia planetaria se convirtió en un ambicioso proyecto para el nuevo establecimiento de un gobierno mundial, esta vez elevado al estatus de la "ilustración", el "desarrollo" y el "progreso" de toda la humanidad. Esto es, una especie de "imperialismo humanitario".

Es importante que la tesis sobre el progreso no era una simple tapadera para los intereses depredadores egoístas de los occidentales en su expansión colonial. La fe en el universalismo de los valores occidentales y en la lógica del desarrollo histórico era del todo sincera. Intereses y valores coincidieron en este caso. Esto dio una tremenda energía a los pioneros, los marineros, los viajeros y los hombres de negocios de Occidente para solucionar el planeta; buscaban no sólo beneficios, sino también llevar la ilustración a los "salvajes".

El robo cruel, la explotación cínica y una nueva ola de esclavismo, junto con la modernización y el desarrollo tecnológico de los territorios coloniales, todo ello junto formó la base de Occidente como idea y como práctica global. Modernización: endógena y exógena

Aquí deberíamos hacer una observación importante. A partir del s. XVI, el proceso de modernización planetaria comienza a desarrollarse desde el territorio de Europa occidental. Coincide estrictamente con la colonización por parte de Occidente de nuevas tierras, en las que, por regla general, los narods preservan los fundamentos de la sociedad tradicional en la que viven. Pero poco a poco la modernización afecta a todos: tanto a los occidentales como a los no occidentales. De una forma u otra, todo el mundo se moderniza. Pero la esencia de este proceso sigue siendo diferente en diferentes casos.

En el propio Occidente - en primer lugar en Inglaterra, Francia, Holanda y especialmente los EEUU, un país construido como un experimento de laboratorio de la Edad Moderna [lit: el tiempo nuevo] en una supuesta "tierra vacía", "a partir de una página en blanco" -, la modernización se distingue por un carácter endógeno. Crece desde el desarrollo coherente de los procesos culturales, sociales, religiosos y políticos que figuran en las bases mismas de la sociedad europea. Esto no se produce en todas partes simultáneamente y con una y la misma intensidad - aquí, evidentemente, se quedan atrás narodi como los alemanes, los españoles y los italianos, con quienes la modernización procede con un ritmo algo más lento de lo que lo hace con sus vecinos europeos de Occidente. Aún así, la era moderna sigue su horario interno para los narodi europeos y en correspondencia con la lógica natural de su desarrollo. La modernización de los países y narodi de Europa surge de acuerdo a leyes internas. Siendo desplegada desde precondiciones objetivas y correspondiendo a la voluntad y al estado de ánimo de la mayoría de los europeos, es endógena, es decir, tiene un principio interno.

Es un asunto completamente diferente respecto a esos países y narodi que son arrastrados al proceso de modernización a pesar de su voluntad, convirtiéndose en víctimas de la colonización, aun siendo reticentes a oponerse a la expansión europea. Por supuesto, conquistando países y narodi, o enviando esclavos negros a los EEUU, la gente de Occidente favoreció el proceso de modernización. Junto con la administración colonial, promulga nuevos órdenes y fundamentos, así como la técnica y la lógica de los procesos económicos, las costumbres, las estructuras socio-políticas y las instituciones legales. Los esclavos negros, sobre todo después de la victoria del Norte abolicionista, se convirtieron en miembros de una sociedad más desarrollada (aunque también siguieron siendo personas de segundo grado) que las tribus arcaicas de África de las que habían sido tomados por los traficantes de esclavos. El hecho de la modernización de las colonias y de las naciones esclavizadas no se puede negar. El occidente, incluso en este caso, resulta ser el motor de la modernización. Pero este último punto es muy específico. Se le puede llamar exógeno, es decir, ocurrido desde fuera, introducido, llevado.

Los narodi y las culturas no occidentales permanecen en las condiciones de la sociedad tradicional, desarrollándose en concordia con sus propios ciclos y su propia lógica interna. Allí también hay períodos de ascenso y descenso, reformas religiosas y discordia interna, catástrofes económicas y descubrimientos técnicos. Pero estos ritmos corresponden a un modelo de desarrollo diferente, no occidental, siguen una lógica diferente, se dirigen a diferentes objetivos y deciden sobre problemas diferentes.

La modernización exógena - y su propiedad fundamental consiste en esto - no surge de las necesidades internas y del desarrollo natural de la sociedad tradicional, la cual, cuando se la deja funcionar por sí misma, probablemente nunca habría llegado a esas estructuras y modelos que acabaron unidos en Occidente. En otras palabras, tal modernización es obligada e introducida desde fuera.

En consecuencia, la serie de sinónimos modernización=occidentalización puede continuarse: es también colonización (la introducción de una autoridad externa). La mayoría oprimida de la humanidad, excluyendo a los europeos y a los descendientes directos de los colonizadores de América, fue sujeta precisamente a esta modernización violenta, coactiva, externa. Ello tuvo un impacto sobre las incoherencias internas y traumáticas de la mayoría de las sociedades contemporáneas de Asia, el Oriente y el Tercer Mundo. Esta es la modernidad enferma, el occidente caricaturizado.

Dos tipos de sociedad con modernización exógena

Hoy en día, en todas las sociedades expuestas a la modernización exógena, se pueden distinguir dos grandes clases:

• Aquellas que han preservado la independencia político-económica (o que se esforzaron por ello en las guerras anticoloniales); • aquellas que perdieron la independencia política y económica.

Si consideramos el segundo caso, se trata de una colonia pura, que ha perdido por completo su independencia y que no está participando en los valores de la era moderna más que los indios en las reservas de América del Norte. Tales sociedades pueden ser arcaicas (como algunas tribus del Pacífico, América del Sur o África), pero en parte se cruzan con estructuras tecnológicas mayores y bastante modernizadas, desarrolladas en ese mismo espacio territorial por los colonizadores. Aquí casi no hay intersección semántica entre los indígenas y los modernizadores: el estatus de las sociedades locales apenas se diferencia del estatus de los habitantes de los parques zoológicos, o en el mejor de los casos de un área protegida poblada por especies en peligro de extinción (marcadas en el "libro rojo" de la naturaleza). En esta situación, la modernización no se refiere a la población local, que sigue sin notarla, topándose sólo con las restricciones técnicas bajo la apariencia de alambre de púas y de celdas de acero enrejado.

Cuando se trata de una sociedad que ha atravesado obligatoriamente una ruta específica a lo largo de las líneas de occidentalización y modernización exógena, pero lo ha hecho en respuesta a la amenaza de colonización de Europa (Occidente) y ha logrado preservar su independencia, el proceso de modernización (= occidentalización) adquiere un carácter más complicado. Se puede llamar a esto: "modernización defensiva".

Aquí el centro de las atenciones resulta ser el equilibrio entre los valores peculiares de la sociedad tradicional, objeto de conservación para el apoyo de la identidad, y aquellos modelos y sistemas importados, que es necesario importar de Occidente para crear los requisitos previos y las condiciones para una modernización parcial (defensiva). Al mismo tiempo, en este tipo de sociedades se conserva la subjetividad, la cual determina los propios intereses predeterminando la agudeza de la oposición a las iniciativas coloniales de Occidente.

Así, surge el siguiente cuadro: con el fin de defender sus intereses antes de la embestida occidental, un país (la sociedad) se ve obligada a adoptar ciertos valores de ese mismo Occidente, pero combinándolos con sus valores originales. Huntington llamó a este fenómeno "modernización sin occidentalización".

Por cierto, este concepto conlleva un par de contradicciones: puesto que modernización y occidentalización son esencialmente sinónimos (Occidente = Modernidad), es imposible construir la modernización separadamente de Occidente y sin copiar sus valores. En las sociedades tradicionales, que permanecen fuera del hábitat natural de la cultura europea, las condiciones previas para la modernización están simplemente ausentes. Es por eso que no hablamos de un rechazo total de la "occidentalización", sino de ese equilibrio entre los valores propios y aquellos impuestos desde Occidente, que satisfaga las condiciones para la preservación de la identidad (diferencia respecto a Occidente - lo que es más, ¡a nivel de principio!) y el desarrollo de tecnologías defensivas, capaces de competir con Occidente en regiones vitales básicas (lo cual es imposible de lograr sin una inclusión intensiva en el contexto "occidental"). Resulta, entonces, que tal variedad de modernización exógena se funda en la presencia de intereses independientes (principalmente diferentes de las intenciones colonizadoras de Occidente) y en la combinación de los intereses propios de uno con los valores importados de Occidente de forma pragmática (podemos decir que eso es "modernización + occidentalización parcial").

Dentro de esta categoría de modernización exógena entran países tales como Rusia (a lo largo de todo el curso de la era moderna, ¡lo que ofrece por sí mismo un caso bastante único!), pero también las contemporáneas China, India, Brasil, Japón, algunos países islámicos, y los países de la región del Pacífico (que entran en este proceso mucho más tarde, en el siglo pasado). Además de Rusia, el resto de los países que recorrieron este camino fueron en momentos específicos colonias de Occidente y recibieron la independencia hace relativamente poco, o (como Japón) sufrieron la derrota en la guerra y estaban ocupados.

En cualquier caso, este tipo de modernización exógena trae al primer plano la cuestión de la balanza de los intereses propios y los extranjeros; es decir, el problema de la proporción y la calidad de los elementos, pertenecientes a dos formas histórico-culturales y de civilización: los fundamentos locales, conservadores, de la sociedad tradicional, y los así llamados modelos "universales" y "progresistas" de la civilización occidental.

Lo más importante consiste en esta proporción, la cual constituye la esencia de las relaciones entre Rusia y Occidente.

Volveremos sobre esto un poco más tarde, pero primero vamos a hacer algunas observaciones geopolíticas.

La concepción de "Occidente" y "Oriente" en los Acuerdos de Yalta

Vamos a considerar ahora los aspectos geopolíticos de los problemas que hemos estado discutiendo y la transformación del concepto de "Occidente" en el s. XX, que se relaciona con ellos.

Después del final de la Segunda Guerra Mundial el concepto comenzó a ser aplicado geopolíticamente a la totalidad de los países desarrollados que habían surgido de la vía capitalista de desarrollo. Esto era una corrección del concepto. Tal "Occidente" es prácticamente idéntico al capitalismo y a la ideología liberal-democrática. Aquellos países que avanzaron a lo largo de este camino más lejos que los demás, eran de hecho considerados como "Occidente" en la construcción de un mundo bipolar, llamado también "yáltico" (por el emplazamiento de la conferencia de los jefes de la coalición anti-Hitler que predestinó el mapa del mundo en la segunda mitad del s. XX: Stalin, Roosevelt y Churchill).

Esta vez el concepto de "Occidente" difiere parcialmente del que hemos proporcionado anteriormente. En primer lugar, incluso los regímenes comunistas pertenecían ideológicamente a "Occidente" en un sentido amplio - en primer lugar, la URSS - en la medida en que adoptaron teorías del socialismo y del comunismo "de Europa occidental" (construidas a partir de observaciones relativas a la historia de los desarrollos político-económicos de sociedades occidentales, junto con la correspondiente fe en el progreso y el universalismo de estas cronologías para toda la humanidad). Pero el marxismo, mientras tanto, se convirtió en el modelo favorito para la modernización de las sociedades tradicionales; un modelo que podría combinar el mantenimiento de sus propios intereses geopolíticos y la preservación parcial de los valores tradicionales de la zona, con el poderoso e importado aparato de modernización e ideas, estructuras, intereses y teorías peculiarmente occidentales. Por lo tanto, el marxismo - soviético, chino (el maoísmo), vietnamita, norcoerano, etc. - debería ser examinado como variantes de modernización exógena, de la cual hablábamos anteriormente. Es más, desde el punto de vista de la competencia tecnológica e ideológica, este proyecto resultó un éxito relativo.

Aunque el marxismo dogmático pretendiera que iba a reemplazar al capitalismo una vez que éste hubiera alcanzado la etapa crítica en su aplicación, en la práctica todo sucedió de manera completamente diferente: los partidos comunistas ganaron en aquellas sociedades donde el capitalismo se encontraba en estado rudimentario, mientras que la sociedad tradicional (la agraria, en primer lugar) se impuso tanto en el sentido económico como en el cultural. En otras palabras, el marxismo victorioso, el realizado, supuso la refutación de la teoría de su fundador ideológico, y por otro lado, la historia de las sociedades capitalistas muestra que las predicciones de Marx, acerca del carácter inevitable en las mismas de la revolución proletaria, han sido desmentidas por ahora. Marx insistió en que la revolución proletaria no podría ocurrir en Rusia (y en otros países con un predominio del "modo de producción asiático"), pero como es sabido sucedió aquí. En las sociedades con un capitalismo desarrollado nada similar sucedió.

De esto sólo se sugiere una conclusión: el marxismo en los regímenes comunistas no era lo que proclamaba de sí mismo, sino sólo un modelo de modernización exógena en el que se adoptaron valores occidentales sólo parcialmente, y se combinaron tácitamente con tendencias religioso escatológicas y mesiánicas locales. En conjunto, este procedimiento de modernización específico - alter-modernización a lo largo de la ruta socialista (totalitaria), pero no a lo largo de la ruta capitalista (democrática) - sirvió para la defensa de los intereses geopolíticos y estratégicos de Estados independientes, los cuales se esforzaron por repeler los ataques coloniales de Europa y (más tarde) de Norteamérica.

El bloque estratégico formado alrededor de la URSS, la vanguardia de esta alter-modernización, fue llamado, después de la Segunda Guerra Mundial, "el Este". Aunque tal lenguaje fuera realmente una variante de modernización exógena, formalmente el sistema marxista de valores se basaba en el paradigma de la era moderna en el mismo grado que las sociedades capitalistas. A veces, en la politología del período de Yalta, en lugar de la fórmula de "el Este" ("el Este comunista", "el Bloque del Este"), fue utilizada la expresión "segundo mundo", la cual es más precisa y abarca a los países que adoptaron la industrialización acelerada con una modernización parcial y bastante específica (de tipo comunista), y - ¡lo más importante! - lograron conservar la independencia geopolítica, evitando la colonización directa (o liberándose ellos mismos).

En este caso, el concepto de "Tercer Mundo" adquiere importancia.

"El primer mundo", es decir, "Occidente" en la terminología de la época posterior a la guerra, son los países con modernización endógena (Europa, Norteamérica), y también un caso de extremadamente exitosa modernización tecnológica exógena, la del Japón bajo la ocupación, el cual fue capaz de dirigir las energías internas de una nación conquistada hacia el crecimiento económico masivo a través de los estándares occidentales. Pero, al mismo tiempo, Japón perdió su independencia geopolítica y en un sentido estratégico se convirtió en una colonia resignada y fracturada de los EEUU.

"El segundo Mundo" son los países de modernización exógena que lograron hacer uso de los métodos totalitarios-socialistas de modernización, con el préstamo parcial y relativamente exitoso de tecnología occidental, y la preservación de la independencia respecto al Occidente capitalista. Esto, en la comprensión del mundo basada en Yalta, fue llamado "el Este".

Y, por último, "el tercer mundo" hace referencia a los países de modernización exógena que cayeron detrás del desarrollo tanto del "primer" como del "segundo" mundo, que no poseyendo soberanía completa conservaron los fundamentos de la sociedad tradicional, y a los que se empujó a confiar en "Occidente" o en "el Este", representando de esta forma en sí mismos colonias subordinadas al uno o al otro.

Y así, si limitamos nuestras consideraciones a las condiciones de "la guerra fría" (el mundo bipolar), entonces el concepto de "Occidente" en este caso surgirá como sinónimo del campo capitalista, "el primer mundo", incluyendo los países más desarrollados y más ricos de América del Norte, Europa y Japón.

La sede intelectual de la integración del "primer mundo", de "Occidente" en este sentido concreto, fue la Comisión Trilateral, creada a partir de los cimientos de la American Council on Foreign Relations, y compuesta por representantes de las élites de los EEUU, Europa y Japón. Por lo tanto, un segmento específico de intelectuales, banqueros, políticos y académicos de "Occidente", a partir de la década de 1960, tomó sobre sí la responsabilidad histórica del proceso de globalización, y la creación de un "gobierno mundial" como resultado del triunfo final de "Occidente" sobre el resto del mundo en los sentidos geopolítico, moral, económico e ideológico.

En la década de 1990 "Occidente" se convierte en Globalización

Otra transformación del concepto de "Occidente" fue todavía puesta a prueba en la década de 1990, cuando la arquitectura del mundo bipolar (con sede en Yalta) se derrumbó. A partir de entonces, el modelo liberal-capitalista se convirtió en el más importante y en el único, el comunismo como proyecto de alter-modernización estalló a pesar de la competencia, y el poder político-militar y económico de los EEUU superó irrefutablemente las posiciones de todos los demás países. La capitulación unilateral de la URSS y del Bloque de Varsovia en "la guerra fría", con su paralela disolución, abrieron el camino para la globalización y la construcción de un mundo unipolar. El filósofo neoconservador estadounidense Francis Fukuyama comenzó a hablar del "fin de la historia", de "la sustitución de la política por la economía", y de "la transformación del planeta en un mercado unificado y homogéneo".

Esto significaba que el concepto de "Occidente" se transformó en un concepto global y único, ya que nada más contendía, no sólo contra la idea misma de modernización, sino también contra su más ortodoxo e históricamente más "occidental" proyecto liberal-capitalista. Tan exitosa e importante victoria de "Occidente" sobre "el Este" - es decir, del "primer mundo" sobre "el segundo" - liquidó esencialmente las alternativas a la modernización, haciéndola la única y sola sustancia indiscutible de la historia del mundo. Todo el que quiso permanecer enchufado a "la contemporaneidad" tuvo que reconocer esta preeminencia incondicional de "Occidente", expresarle lealtad, y también repudiar de una vez por todas sus propios intereses, incluso si eran diferentes en algunos aspectos, o - más aún - contrarios a los intereses de los EEUU (o, en términos más generales, de los países del bloque de la OTAN), como abanderados del mundo unipolar.

A partir de entonces el problema fue planteado sólo de esta manera: ¿en qué segmento del "Occidente" global será integrado uno u otro país, uno u otro gobierno? Si la modernización y, en consecuencia, la occidentalización se introdujeron con éxito, entonces aparecía la oportunidad de integración en el "Billón de oro" [*] o en la zona del "Norte rico". Si por alguna razón esto no resultaba, quedaba la integración en el cinturón de la periferia mundial, en la zona del "Sur pobre". Mientras tanto, la división planetaria del trabajo ofreció la promesa de modernización incluso para el "Sur pobre", pero esta vez de acuerdo con el escenario colonial, cuando la esclavitud política fue sustituida por la esclavitud económica, mientras que la importación de las normas culturales occidentales erradicaba metódicamente los valores indígenas (así, los residentes de Corea del Sur que, habiendo recibido un impulso vigoroso de modernización exógena de tipo colonial junto con un volátil crecimiento económico, fueron golpeados con una difusión casi total del protestantismo en medio de una sociedad tradicional, chamánica, budista y confucionista). Que todos los países se enchufaran al Occidente global no garantizaba nada, pero les daba una oportunidad.

En Rusia también se produjeron reformas en este mismo sentido, apareciendo después de la caída de la URSS como una nueva organización que, a su vez, heredó geopolíticamente el Imperio ruso. Rusia también trató de integrarse en el Occidente global, contando con un lugar en el "Norte rico" y con la esperanza de "comulgar" con la modernización por su ruta principal (la capitalista), y no por la indirecta (la socialista). Mientras tanto, a Rusia, al igual que a todos los demás países, se le ofreció en un primer momento rechazar sus pretensiones globales, y más tarde incluso las locales, deleitándose en el papel de satélite estratégico de los EEUU entre las naciones todavía menos modernizadas, sin ningún privilegio especial en absoluto. En esencia, se trajeron al país controles externos.

Y, en consecuencia, la autoridad gobernante alojó a la élite colonial, reformadores-occidentales y oligarcas que se pensaban a sí mismos como gerentes que trabajan para las empresas transnacionales globales con sede al otro lado del Atlántico.

Globalización

A principios de la década de 1990, cuando "el fin de la historia" no sólo parecía cercano, sino realizado en la práctica, el concepto de "Occidente" casi se superpone con el concepto de "mundo", lo cual fue remachado con el término "globalización".

La globalización representa el último punto en la realización práctica de las pretensiones fundacionales de "Occidente" para la universalidad de su experiencia histórica y de su sistema de valores.

Penetrando en diversas sociedades y culturas, combinando proyectos humanitarios con métodos coloniales de satisfacción de sus propios intereses (en primer lugar, en la esfera de los recursos naturales), el proceso de globalización hace de "Occidente" un concepto global. El mundo se desplazó a grandes pasos hacia un modelo unipolar, con un centro desarrollado preocupado de sí mismo (con EEUU en el núcleo, la sociedad transatlántica), y una periferia subdesarrollada.

Con el tiempo, fue construido un modelo que se describe en el texto clásico de Huntington, El Choque de civilizaciones, "Occidente y el resto". Pero en el modelo de la globalización, ese "resto" en ningún caso es visto de otra manera que no sea en relación con "Occidente"; es también "Occidente", solo que poco desarrollado e imperfecto, una especie de "medio-Occidente."

Y aquí, ya en las nuevas condiciones históricas y a través de una línea de transformaciones y alteraciones semánticas, nos topamos de nuevo con el racismo cultural y el "mesianismo" secular liberal-democrático que descubrimos entre las fuentes de la época de la modernidad y en la definición inicial del concepto de "Occidente".

Posmodernidad y "Occidente"

Uno de los procesos más interesantes en relación con el contenido del concepto de "modernización" ocurrió en la década de 1990. La modernización, que se llevó a cabo a distintas velocidades y con diferentes características de una u otra manera en todo el mundo desde el comienzo de la Edad Moderna en Europa Occidental, se acercó a su propia conclusión lógica a finales del s. XX. Es más, esto, naturalmente, sucedió en el propio Occidente: quien antes que otros y de acuerdo con principios naturales procedió a la modernización de la sociedad tradicional, llegó al final en primer lugar. Por lo tanto, superando tanto la inercia de la resistencia de las estructuras conservadoras como, en un momento dado y de manera muy efectiva, la competencia con la alter-modernización socialista, la modernidad en su forma liberal-capitalista ha alcanzado sus límites determinados y el final de la puesta en práctica de su programa: la oposición directa de ideologías alternativas se ha roto, mientras que la superación de la resistencia pasiva de la periferia mundial se convirtió en una cuestión técnica. Y allí donde aún se mantiene, podría equipararse a la "reacción inercial del entorno circundante", pero no a una estrategia competitiva. La batalla contra la sociedad tradicional y sus intentos de presentarse bajo un nuevo disfraz (alter-modernización, socialismo) terminaron con la victoria del liberalismo. Y en el propio Occidente, la modernización alcanzó sus límites internos, habiendo alcanzado el punto más bajo de la cultura occidental.

Esta condición de agotamiento final de la agenda del proceso de modernización generó en Occidente un fenómeno bastante específico: la posmodernidad.

Lo esencial de la posmodernidad consiste en el hecho de que el fin de la modernización de las sociedades tradicionales lleva a la población de Occidente principalmente a nuevas condiciones. Uno puede comparar este largo proceso con la realización de un objetivo previsto. La gente, dispuesta en un tren que viaja a una estación muy lejana, se acostumbra tanto al movimiento que no cesa durante varias generaciones, que no puede imaginar la vida de otra manera. Ellos ven la existencia como el desarrollo convertido en un lejano punto de referencia, que todos recuerdan, hacia el que todos fluyen, pero que todo el tiempo sigue permaneciendo muy remoto. Y de repente el tren llega a la estación final. El andén, la estación... el objetivo se ha alcanzado; los problemas, decididos... pero la gente ha llegado a estar tan acostumbrada a moverse todo el tiempo que no puede volver en sí después de la conmoción de chocar con su sueño hecho realidad. Cuando se alcanza el objetivo no hay nada, otra cosa por la que esforzarse, ningún lugar a donde ir, nada hacia lo que avanzar. El progreso llegó a su punto máximo. Precisamente, este es "el fin de la historia", o la "pos-historia" (A. Gehlen, G. Vattimo, J. Baudrillard).

Mediante esta metáfora uno puede describir completamente la condición de la posmodernidad. Aquí están tanto el sentimiento de éxito como el de decepción. En cualquier caso, esto ya no es la modernidad, ni la Ilustración, ni la Edad Moderna. La facción crítica de filósofos posmodernos sometió a escarnio diversas etapas del movimiento hacia este objetivo, comenzó a hablar irónicamente de aquellas ilusiones y esperanzas con las que se consolaban quienes comenzaron el movimiento, sin sospechar de qué tipo sería la realización de ese objetivo. Otros, por el contrario, se ofrecieron a romper con el sentimiento crítico y percibir "el nuevo mundo feliz" como es, sin entrar en detalles y dudas.

En cualquier caso, se estime con un signo negativo o con un signo positivo, la posmodernidad representó un estado terminal. La fe en el progreso terminó su negocio y cedió su lugar a la juguetona temporalidad. La realidad, habiendo desplazado anteriormente al mito, la religión y lo sagrado, se ha transformado en virtualidad. El hombre, en los albores de la Edad Moderna, habiendo derrocado a Dios del pedestal, está dispuesto a ceder de ahora en adelante el lugar del rey a una raza poshumana - a los cyborgs, mutantes, clones, a todos los productos de la "técnica liberada".

El Pos-occidente

En la época de la globalización, Occidente no sólo se hace global y omnipresente en sí mismo (como se expresa en la uniformidad de la moda mundial, la difusión general de las tecnologías informáticas y de la información, el establecimiento omnipresente de la economía de mercado y los sistemas políticos y legales liberal-democráticos), sino que en su núcleo, en el centro de un mundo unipolar, el "Norte rico" cambia cualitativamente de la modernidad a la postmodernidad.

Y de ahora en adelante, la apelación a este Occidente nuclear, el Occidente en su más alta manifestación, podría ser, por primera vez en la historia, que no arrastrara la modernidad tras de sí (del tipo que sea, exógena o endógena), ya que el propio Occidente es a partir de ahora sinónimo no de la modernidad, sino de la posmodernidad. Pero la posmodernidad, con sus ironías, tecnológicamente pura, reciclado de la vieja y gastada fe en el progreso, ya no ofrece a su periferia ni tan siquiera la posibilidad remota de desarrollo. "El fin de la historia" que llegó plantea preguntas absolutamente diferentes, ante cuyo peso e importancia el que "Occidente" haga subir el nivel del "Sur pobre" hasta su propio nivel parece una tarea absolutamente innecesaria, sin ningún propósito y sin sentido: si algo se puede encontrar ahí, seguramente no serán las respuestas a los nuevos problemas de la época posmoderna.

Por lo tanto, aquellos que en las nuevas condiciones se relacionan por inercia con Occidente arraigados en la búsqueda de la modernización, están condenados a una decepción colosal: habiendo recorrido todo el camino de la modernización hasta su fin, Occidente no tiene más estímulo, ya sea para avanzar él mismo en esta dirección, o para atraer a los otros detrás. Occidente ha pasado a una etapa cualitativamente nueva. Ahora ya no es Occidente, sino el Pos-occidente; el peculiar, profundamente modificado Occidente de la época posmoderna.

Técnica y tecnológicamente domina por completo, y los procesos de globalización se desarrollan a toda velocidad, pero este ya no es un desarrollo progresivo, sino un movimiento circular alrededor de un centro aún más problemático. A través de sus procesos favoritos la arquitectura de la posmodernidad hace tales construcciones, donde los estilos y épocas se entremezclan caprichosamente, mientras que en el lugar del punto central del conjunto arquitectónico se abre un agujero. Este es el centro ausente, el polo del círculo, que representa la caída en el no-ser.

Tal es, también, la estructura sustancial del mundo unipolar. En el centro del Occidente global - en los EEUU y en los países de la alianza transatlántica - se abre el agujero negro sin sentido de la posmodernidad.

La brecha entre la teoría y la práctica del globalismo

La última metamorfosis de Occidente durante su transformación hacia la posmodernidad, que hemos descrito anteriormente, es una construcción puramente teórica. Tal imagen fue elaborada al inicio de la década de 1990, por lo que la lógica de la historia del mundo fue conceptualizada por tanto por aquellos pensadores que aún se conservan en Occidente, antes de que se ceda finalmente el camino a la poshumanidad (posiblemente a autómatas pensantes). Pero entre esta concepción teórica y su encarnación había una brecha decisiva. La reflexión sobre la naturaleza y la estructura de tal Occidente y de tal posmodernidad condujeron incluso a sus propios ardientes apologistas a un estado de horror y desesperación. Por ejemplo, en cierto momento Francis Fukuyama comenzó a regresar de esa imagen ideológica que él mismo dibujó al inicio de la década de 1990 y se ofreció a devolverla, manteniendo a Occidente en la condición en que se encontraba antes de que hubiera llegado a su estación final. Los críticos de Fukuyama, incluido Huntington, también exageraron la calidad y la cantidad de esas barreras a superar por Occidente con el fin de convertirse en verdaderamente global y ubicuo. Desde diferentes puntos de vista todo el mundo empezó a aferrarse a los restos de la modernidad, con sus gobiernos nacionales, la fe en el progreso, sus moralizaciones, tutelaje y fobias, a las que todos hace mucho tiempo se han acostumbrado. Entonces se decidió prolongar el movimiento al objetivo previsto, o al menos simular el balanceo de los vagones y el estruendo de las ruedas en las ensambladuras de los raíles.

Hoy, Occidente mora precisamente en esta brecha entre eso en lo que teóricamente debe convertirse en la época de la globalización, y por el hecho de haber superado todos los obstáculos y derrotado a todas las alternativas, y lo que de ninguna manera quiere reconocer como la nueva arquitectura global de la posmodernidad - con un agujero en vez de un centro. Sin embargo, en este vacío, infinitamente pequeño y en contracción constante, ocurren procesos muy importantes que constantemente cambian la imagen del mundo en general.

Todo esto ejerce activamente una influencia en Rusia.

EEUU y la Unión Europea: los dos polos del mundo occidental al inicio del siglo XXI

La fluctuación de Occidente en la brecha entre la completada modernidad y la incipiente posmodernidad se refleja también en el ámbito de la geopolítica. Así, la desaparición de un competidor global bajo la figura de la URSS (el proyecto de alter-modernización), puso a la civilización transatlántica en tela de juicio. La falta de un enemigo en el Este hace que la conexión de los EEUU y Europa en el marco del "Occidente nuclear" no sea tan obvia y evidente. Se puso de manifiesto que el Occidente transatlántico se dividió en los EEUU y la Unión Europea.

El centro de Occidente durante el siglo XX estuvo constantemente desplazado al otro lado del Atlántico, en los EEUU. Y después de la Segunda Guerra Mundial, precisamente, los Estados Unidos tomaron sobre sí la misión de ser la vanguardia de Occidente. Se convirtieron en una superpotencia, proporcionando mediante su poderío la seguridad estratégico-militar y la prosperidad económica a los países europeos.

Después de la caída de la URSS, el papel de centro de Occidente quedó aún más firmemente establecido en los EEUU. Esto coincidió con la integración europea y la creación en Europa, en esencia, de un gobierno supranacional, un gobierno de tipo posmoderno. Habiendo sido en algún momento la cuna de Occidente como fenómeno, Europa, a su vez, se convirtió en "el Este" en relación con los EEUU. Los Estados Unidos atravesaron el camino de la modernización y la pos-modernización más allá de Europa, y el Viejo Mundo, en comparación con el Nuevo, se transformó en algo independiente.

Así se formó un cuadro geopolítico en el que en el espacio del propio Occidente cobró forma un determinado dualismo. Por un lado, los EEUU se convirtieron en el Occidente más "avanzado". Pero Europa, por otro lado, intentó descubrir su propio camino separado, particular.

Se plantearon incluso argumentos filosóficos, y algunos neoconservadores estadounidenses (en particular, R. Kagan) propusieron mirar la civilización americana como resultante de la concepción del Estado amenazador, el "Leviatán" de Hobbes, y a la Unión Europea como la encarnación de las ideas pacifistas de Kant, con su sociedad civil, tolerancia y derechos humanos. Se ofrecieron otras clasificaciones también. En cualquier caso, los EEUU y Europa empezaron de nuevo a interpretar sus identidades, sus valores y su relación con la modernidad y la posmodernidad.

Esto se mostró todavía con más fuerza al nivel de los intereses. La Unión Europea, como la primera potencia comercial y la segunda potencia económica del mundo, reconoció que sus intereses en los países árabes, y también en relación a Rusia y a otros países del Este, difieren regularmente de los intereses norteamericanos y, a menudo, entran en conflicto con ellos. Esto se hizo especialmente evidente en la guerra de Irak, cuando el mando de la OTAN no apoyó la invasión estadounidense, mientras que los líderes de Francia y Alemania (Chirac y Schroeder) en común con Putin, Presidente de Rusia, protestaron enérgicamente contra la guerra.

Uno puede describir la imagen resultante de esta manera: los EEUU y Europa tienen hoy en día valores comunes, pero diferentes intereses. La diferencia de intereses y el reconocimiento de esta diferencia es particularmente notable en países tales como Francia, Alemania, Italia y España. Son los habitualmente llamados países de la Europa continental, y la tendencia es representar a Europa como un actor geopolítico autosuficiente, que en la medida de lo posible debe ser independiente de los EEUU, es decir, el continentalismo o el euro-continentalismo. En los casos más extremos, los continentalistas afirman que los EEUU y Europa no sólo tienen diferentes intereses, sino también valores diferentes (véase, por ejemplo, el filósofo francés Alain de Benoist).

En el otro polo de Europa se encuentran aquellos que subrayan de todas las formas posibles la unidad de los valores y sobre esta base insisten en el acomodamiento de los intereses europeos a los norteamericanos. En este polo se cuentan los euro-atlantistas (Inglaterra, los países de Europa del Este - Polonia, Hungría, Rumanía, la República Checa, los países bálticos, etc.).

Dos tendencias diferentes en la propia Europa crean una identidad dual: por un lado, estamos los interesados ​​en la Europa continental; por el otro, los interesados en la Europa atlántica (pro-estadounidense). Ambas partes se relacionan con el concepto de "Occidente" de diferentes maneras: los continentales piensan que si Europa es "Occidente", entonces los EEUU son algo diferente. Los atlantistas, por el contrario, se esfuerzan de muchas formas por identificar el destino de Europa y el de Norteamérica como el de una civilización unificada, donde el Atlántico es una especie de "lago interior" (al igual que en su momento pensaban el mar Mediterráneo las ecúmenes griegas y romanas). Para los euro-atlantistas la Unión Europea y los EEUU representan ambos, juntos, "Occidente", y los EEUU son su vanguardia.

La identidad de Rusia: ¿País o...?

Ahora pasemos a considerar la identidad de la Rusia contemporánea. El examen preliminar, lo que debemos entender por "Occidente", nos ha proveído de instrumentos seguros que nos permiten determinar qué entendemos por "Rusia". Y después de eso, podremos entonces describir total, concreta y profundamente la correlación de uno y de la otra en el presente y en el futuro probable.

Hay dos concepciones fundamentalmente diferentes de la Rusia contemporánea (por cierto, esto podría decirse también del reinado de los Romanov, donde se celebraron animados debates a propósito de la misma cuestión).

Uno puede entender Rusia ya sea como un país o como una civilización independiente. La estructura de nuestra relación con Occidente dependerá de la decisión que tomemos sobre cómo entendemos Rusia.

Si Rusia es un país, entonces debería ser agrupado con otros países; por ejemplo, con países tales como Francia, Alemania, Inglaterra o EEUU. En consecuencia, tendrá que ser asignada a Europa (de acuerdo con su disposición geográfica parcial, el predominio del cristianismo y los orígenes indoeuropeos de las etnias eslavas dominantes - en primer lugar, los "grandes rusos") y en consecuencia a "Occidente" . Muchos consideran a Rusia un Estado europeo. Esta opinión prevalece: • Con la aristocracia Romanov; • Con los rusos occidentalistas; • Con la élite política rusa contemporánea.

De boca de Putin y Medvedev, escuchamos repetidamente decir que "Rusia es un país europeo".

Si tomamos esta posición, entonces debemos admitir casi inmediatamente que Rusia es "un mal país europeo, totalmente horrible", puesto que manifiestamente cae fuera de lo que es común considerar la vía normativa de la civilización occidental. La identidad moral, social, política, cultural y psicológica de Rusia difiere tanto de las de la sociedad europea y norteamericana que inmediatamente surge la duda en relación a su pertenencia a Occidente.

El criterio más importante aquí es la naturaleza de la modernización de Rusia. Cuando lo consideramos, vemos claramente todos los signos de lo exógeno; es decir, la aparición externa del impulso modernizador, que no maduró dentro de la propia sociedad, sino que fue adherido astuta y enérgicamente (de manera autoritaria o totalitaria) desde arriba por el poder tiránico de un déspota (Pedro el Grande) o por fanáticos extremistas (los bolcheviques). En Rusia no crecía y no crecieron: • Ni el capitalismo, • ni el individualismo, • ni la democracia, • ni el racionalismo, • ni la responsabilidad personal, • ni la autoconciencia legal, • ni la sociedad civil.

Por el contrario, crecieron y crecen todavía las disposiciones de la sociedad tradicional: • El paternalismo, • el colectivismo, • la jerarquía, • una relación con el Estado y con la sociedad como una familia, • la superioridad de la moral sobre los derechos, el razonamiento ético sobre el racional, y así sucesivamente.

Por otra parte, Rusia absorbió muchas características europeas, tanto morales como tecnológicas, pero las adaptó a su modo de vida propio, particular, forzándolas a trabajar al servicio de sus propios intereses y valores. Rusia atrajo activamente diferentes elementos de Occidente, pero persistió en no convertirse en Occidente. De ahí la extrema irritación de los pueblos de Occidente (y en especial de los rusos occidentalistas) en relación con Rusia, a la que representan como más malvada y agresiva (una caricatura de Europa), que imita sus formas externas, pero invirtiéndolas con su propia sustancia nativa rusa.

Rusia no sólo se diferencia de cualquier país europeo como ellos mismos difieren entre sí. Cuando cruzamos la frontera con Rusia, el alma cultural en sí misma cambia, nos movemos de un tipo histórico-cultural a otro. Los rusos se diferencian con precisión de Europa, de Occidente en su conjunto.

Si hemos de insistir en que Rusia es sin embargo una parte de Occidente y un país europeo, entonces podemos sacar dos conclusiones. O bien Rusia debe ser reformada radicalmente a la manera occidental (lo que nadie ha sido capaz de hacer hasta nuestros días), o lo ruso representa un tipo de otro Occidente, "una Europa diferente".

El primer caso es el que se sostiene más comúnmente. Pero la persistencia con la que la nación rusa y la sociedad rusa repudian profundamente la occidentalización (imitándola sólo externamente), sabotean la adopción de los valores europeos (falsificándolos de un especial modo nacionalista), y asustan a la sociedad occidental en sí misma mediante escenarios extravagantes permitiendo escapar o erosionar el estricto imperativo de valores y arreglos occidentales (lo que era evidente tanto en el período zarista como - sobre todo - en el soviético), nos obliga a suponer que la transformación de los rusos en europeos es un asunto absolutamente sin remedio. Y lo ruso por lo tanto permanecerá solamente como "lo no del todo Occidente", "la segunda clase occidental", que carece de la fuerza para absorber de verdad la esencia de la identidad occidental.

El segundo caso, que sostiene que Rusia es Occidente, pero un Occidente diferente, no es menos complejo. En primer lugar, incluso si los mismos rusos se consideran a sí mismos "Occidente" pero sólo de modo peculiar - por ejemplo, como ortodoxos, posbizantinos, eslavos, etc. -, los europeos nunca han reconocido esto y nunca lo reconocerán, considerando tal pretensión "una ambición altiva y sin fundamento". Los intentos de insistir en ello no harán sino reforzar la tensión y suscitarán una reacción recíproca. Si Rusia es Occidente, y, lo que es más, insiste en ser aceptada y reconocida como tal, el concepto mismo de "Occidente", la nitidez de sus vectores históricos, geopolíticos, tecnológicos y culturales, es arrastrada, dispersa, y es destruida. Si Rusia es una parte de Occidente, entonces Occidente ya no es Occidente, sino quién sabe qué.

Y, por último, ambas posiciones, que enfatizan que Rusia es un país europeo, agravan su contradicción por el firme reconocimiento de que Rusia tiene sus propios intereses, que siempre o casi siempre entran en conflicto con los intereses de los países occidentales. La independencia y la libertad de la madre patria fue siempre el valor más alto para los rusos, y esta divergencia evidente y persistente de intereses obliga a poner en duda la comunidad de valores y la pertenencia a una civilización unificada. Este no es el argumento principal, ya que también hubo profundas contradicciones entre los Estados europeos, pero en combinación con las dos consideraciones antes mencionadas, crea un marco propicio para las dudas naturales acerca de la hipótesis de la pertenencia de Rusia a Occidente.

Sólo la posición de los occidentalistas extremos es más o menos consistente - verdadera desde un punto de vista puramente teórico, abstracto. Ellos afirman que Rusia es una "completa monstruosidad", que debe ser transformada muy enérgicamente en una parte de Occidente por la fuerza de la erradicación de toda forma de independencia, el rechazo de sus propios intereses, la introducción de un control externo y un cambio en la composición étnico-social de la población. Con el fin de que Rusia pudiera convertirse en un país europeo de pleno derecho, primero debe ser destruida desde sus cimientos. Pero ni siquiera el experimento radical de los bolcheviques pudo hacer frente a esta tarea, y Rusia, con todas sus peculiaridades, renació de sus cenizas. Por lo demás, tampoco los reformadores liberales y oligarcas de la década de 1990 pudieron realizar la tarea.

Sin embargo, la seguridad de que Rusia es un país europeo es inherente a la clase dominante de Rusia en la actualidad. Y no sin razón, precisamente, la clase dominante siempre fue la fuente de la modernización y la occidentalización de la sociedad rusa. Pushkin notó justamente que "en Rusia el gobierno es el único europeo".

Rusia como Civilización (tipo histórico-cultural)

Otra visión de Rusia la define como una civilización independiente. Esta posición era característica de los últimos eslavófilos (Leontiev, Danilevsky), los eurasianistas rusos, los "pequeños rusos" y los nacional-bolcheviques (Ustralyov, Smenovekhovtsy). En este caso, Rusia aparece como un fenómeno que uno debería comparar, no con un país europeo independiente, sino con Europa en su conjunto, con el mundo islámico, o con la civilización india o china. Danilevsky llamó a esto "el tipo histórico-cultural". Se puede hablar de "eslavo-ortodoxia" o de civilización rusa. Una expresión más precisa es "Rusia-Eurasia", que fue utilizada en la revolución de los primeros eurasianistas (Trubetskoy, Savitsky, Vernadsky, Alexeev, Suvchinsky, Ilyin, etc.). Tal formulación subraya que uno habla, no de un país, no acerca de una simple forma de organización gubernamental, sino de una unidad civilizacional, de un mundo de gobierno.

La presencia de rasgos europeos y asiáticos en Rusia como civilización no debería conducir a una conclusión apresurada, como si uno estuviera hablando del cómputo mecánico de las cosas prestadas de Occidente y Oriente. El término "Eurasia" indica: esto es una tercera cosa, una civilización de un tipo especial, comparable en su magnitud y originalidad, pero diferente tanto de Oriente como de Occidente con respecto a su contenido.

Si aceptamos la afirmación de que Rusia es una civilización todo está en su lugar correcto - en la época del Reino moscovita, en el período de San Petersburgo, y en la época soviética. Las relaciones de Rusia y Occidente adquieren una lógica completa, y todos los absurdos y paradojas inherentes a la hipótesis de "Rusia como un país europeo" se resuelven por sí mismas.

Rusia-Eurasia (= una civilización distinta) posee sus propios valores originales y sus propios intereses. Valores relacionados con la sociedad tradicional, con un acento en la fe ortodoxa y un mesianismo específicamente ruso.

La idea imperial de Genghis Khan y el orden centralizado de las hordas mongoles demostraron ser la influencia esencial en las bases políticas y sociales. El desarrollo natural de este complejo no exigió modernización y no llevaba en sí mismo las condiciones previas para la aparición de esas ideas, principios y tendencias que se construyeron en los cimientos de la Edad Moderna en Europa. Pero la presencia en Occidente de potencias coloniales activas y agresivas, tratando obsesivamente de promover en el Este no sólo sus intereses, sino también sus valores, obligó a Rusia a tomar periódicamente el camino de la modernización (y occidentalización) parcial y defensiva.

Esta modernización era exógena, pero no colonial. Su carácter parcial, híbrido, es responsable de esa caricatura de Rusia que despertó la indignación de los occidentalistas rusos, a partir de Chaadayev, pero que, por otro lado, también fue censurada por los eslavófilos rusos (Jomiakov, Kirievsky, el hermanos Aksakov, etc.).

En este caso, la historia de Rusia aparece como la pulsación cíclica de una civilización específica, regresando en condiciones de calma a sus raíces originales, pero adoptando una modernización forzada (desde arriba) en períodos críticos. En tal cuadro, las reformas petrinas, el "Europismo" de la élite Romanov, y el experimento soviético adquieren significado y una regularidad como de ley. Rusia-Eurasia defendió inflexiblemente sus propios intereses y valores, mientras que a veces fue obligada a recurrir a la occidentalización-modernización como oposición efectiva a Occidente.

Rusia no es una parte de Occidente, ni una parte de Oriente. Es una civilización en sí misma. Y la preservación de tal libertad, independencia e individualidad ante otras civilizaciones - tanto las de Occidente como las de Oriente - constituye el vector de la historia rusa.

Rusia y Occidente en la década de 1990

En la época de la URSS, y en especial durante la "guerra fría", la misión civilizadora de Rusia recibió expresión ideológica bajo la forma de la sociedad soviética. En ella vemos la combinación clásica de oposición a Occidente (en este caso, en su hipóstasis burguesa liberal-capitalista) y la adopción de ciertas ideas y tecnologías occidentales (el marxismo). Este fue un típico período de alter-modernización, de modernización exógena con la preservación de la independencia geopolítica.

Hacia el final del período soviético el liderazgo político de la URSS perdió la clara comprensión de los procesos mundiales fundamentales, en gran parte debido a la inadecuada comprensión de los marxistas del verdadero papel y naturaleza del propio marxismo, pero también de las verdaderas razones de la victoria de la revolución socialista en una sociedad atrasada, agraria (a pesar de Marx). Los pedagogos soviéticos ignoraban el carácter nacional-bolchevique (eurasianista) de la URSS, y esto confundió su comprensión de las relaciones profundas entre Rusia y Occidente. Así, en la decadente sociedad pos-soviética surgió la (suicida) idea de volver de nuevo hacia Occidente para una modernización a largo plazo, que se había estancado.

En un primer momento se habló de la posibilidad de una convergencia entre los dos sistemas con la preservación de los intereses mutuos y las diferentes formas de vida. Pero esta fase rápidamente pasó a la práctica de intercambiar la posición geopolítica de la URSS y sus aliados por los instrumentos económicos y tecnológicos de desarrollo. Después de tomar este camino, la URSS cayó al suelo, y los liberales reformistas de la década de 1990 se lanzaron de cabeza a Occidente, admitiendo la primacía de los intereses y los valores occidentales, ahora sin ningún tipo de condición en absoluto.

La década de 1990 fue la del movimiento de Rusia al lado de Occidente, un desesperado intento de integrarse en él por cualquier motivo. Por esta razón, apareció una tendencia constante de arrepentimiento por el pasado soviético y zarista, la imitación desenfrenada del modelo liberal-democrático en su forma neoliberal en la política y en el sistema de mercado, la renuncia a los intereses globales y regionales y el cumplimiento de las políticas estadounidenses establecidas.

Sin embargo, a pesar de los cálculos y de las esperanzas de los reformadores-occidentales, este camino, ligado a los nombres de Yeltsin y su círculo, produjo resultados no positivos.

Occidente no se apresuró a modernizar Rusia por dos razones:

• Por el temor a que Rusia podría volver una vez más a la vía de la confrontación, reforzándose y estableciendo su poder (Occidente entiende perfectamente bien que Rusia no es una suerte de país europeo, sino más bien una civilización independiente, y siempre se relaciona con ella de esa manera), • porque estando en un estado de transición a la posmodernidad, el propio Occidente perdió el interés ideológico en la modernización de otros espacios de civilización, después de haberse sumergido en la tarea de comprender los nuevos desafíos.

Occidente dio la bienvenida al abrupto debilitamiento de Rusia, pero no creyó en la sinceridad y la naturaleza fundamental de su nuevo curso occidental, viendo tal cosa con indiferencia.

Por esta razón, las relaciones entre Rusia y Occidente en la década de 1990 fueron un completo fracaso. Bajo el dominio de los reformadores-occidentales, Rusia diluyó su identidad, perdió su posición en el mundo, perdió a sus amigos y sacrificó sus intereses, copiando ciegamente a Occidente sin ninguna comprensión de las verdaderas razones subyacentes para su sistema de valores y sin ni siquiera sospechar el verdadero carácter de la sociedad pos-industrial o de la cultura de la posmodernidad.

Occidente, por su parte, hizo todo lo posible para debilitar a Rusia aún más, no sólo no deleitándose con su nuevo rumbo, sino criticándolo en todos los sentidos y ridiculizando su forma grotesca y su sustrato corrupto criminal. En tal situación, Rusia no sólo no salió de una nueva ronda de modernización, sino que, habiendo destruido viejas instituciones e instrumentos socioeconómicos, simplemente adoptó fragmentos separados, no coordinados, de posmodernidad, trasplantados rápida y suciamente por las élites, los oligarcas y ciertos segmentos de la subcultura juvenil.

A mediados de la década de 1990, la impresión que fue creciendo era la de que Rusia estaba entrando en una nueva ronda de desintegración, con su integridad territorial en peligro (el negocio de Chechenia). El lavado y el alejamiento de la identidad, la ausencia de una idea nacional y los fracasos de la modernización pusieron a Rusia al borde de la catástrofe. En esta situación, Occidente no sólo no ayudó, sino que promovió activamente también el desarrollo de escenarios y tendencias destructivas.

La OTAN se desplazó sistemáticamente hacia el Este, ocupando el vacío que había surgido. Redes de agentes de influencia en Rusia continuaron el adoctrinamiento de la población en el espíritu del liberalismo y de los valores "universales" (léase: occidentales). Todos aquellos que intentaron plantear la cuestión de la presencia de los propios intereses nacionales de Rusia fueron tildados de "nacionalistas" o "roji-pardos".

Hoy en día se puede decir con certeza que las relaciones entre Rusia y Occidente en la década de 1990 fueron catastróficas para Rusia, ya que se basaban: • en los más crudos delirios, • en cálculos categóricamente incorrectos, • en una incomprensión completa de la situación real, • en una traición directa de los intereses nacionales, en un último análisis.

Ante los ojos de uno, Rusia se estaba convirtiendo en una colonia con la exógena y fragmentaria intrusión de la posmodernidad y la pérdida gradual de la soberanía. El Vicepresidente de la Duma, de la "Unión de Fuerzas de Derecha", Irena Hakameda, ofreció en serio aceptar la división internacional del trabajo en un "gobierno mundial", sujeta a las condiciones de "la transformación de Rusia en un depósito de desechos nucleares de los países más desarrollados".

La estrategia del "Gobierno Mundial" en relación con la URSS y Rusia

Es revelador que, desde la década de 1980, la sede intelectual de Occidente, el estadounidense "Council on Foreign Relations" (CFR) y su versión ampliada, "la Comisión Trilateral", se esfuerzan activamente para llevar al liderazgo soviético al diálogo, para suavizar la oposición civilizacional entre "el Este" y "Occidente" con promesas de "modernización" y "convergencia", para incluir a parte de la élite postsoviética en su propio polo conceptual sobre la base de la cercanía específica, moral, de las ideologías soviética y capitalista, que surgen de la Ilustración. Estas organizaciones cumplen la función de un esbozo de laboratorio de "gobierno mundial", el cual planean establecer cuando Occidente se haga global y llegue "el fin de la historia". Es importante que el juego conceptual básico del CFR con la dirección política de la URSS trabaja exactamente la compleja sustancia semántica de los conceptos de "Occidente" y "modernidad" (la Ilustración).

Parte de la dirección soviética va en esta línea, y en la URSS, sobre la base del Institute of Systematic Studies (G. Gvishiani) (una rama del International Institute for Applied Systems Analysis de Viena [Instituto Internacional para el Análisis de Sistemas Aplicados]) se formó un grupo especial de investigadores que pidió entrar en un diálogo activo con los centros intelectuales de Occidente. Moscú está dando prácticamente el consentimiento a la delegación de sus representantes - en un principio bajo la apariencia de eruditos analistas y jóvenes economistas - en el "gobierno mundial". Es significativo que dicha acción sea supervisada por los más altos funcionarios del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética: A. Yakovlev, E. Shevardnadze, A. Primakov. Una mayor impresión deja la composición de los "economistas jóvenes": Y. Gaidar, Chubais A., G. Yavlinsky, P. Aven. En el Institute of Systematic Studies, comienza también Berezovsky su carrera. Los miembros del Círculo de San Petersburgo de Chubais - G. Glazkov, S. Vasilyev, M. Dimitriev, S. Ignatyev, V. Lyvin, A. Illarionov, M. Manevich, A. Miller, D. Vasilyev, A. Koch, I. Yuzanov, A. Kudrin, O. Dmitrieva - y del Círculo de Gaidar de Moscú - K. Kagalovsky, A. Ulyukaev, A. Nechaev, V. Mashits - componen el segundo escalón. La mayoría de los participantes en esta red del CFR ocuparía futuros roles de liderazgo en el gobierno ruso.

Las consecuencias de las acciones del CFR en la URSS son conocidas. Gorbachov da luz verde a la orientación hacia la "convergencia" y comienza la Perestroika. En 1989 es seleccionada una comisión de altos representantes del CFR en el Kremlin, con D. Rockefeller, H. Kissinger y otros a la cabeza; el campo socialista es destruido; y en 1991 la URSS cae también.

Las estructuras del CFR en Rusia fueron legalizadas en su totalidad en 1991 en la forma del Council on Foreign and Defence Policy [Consejo de Política Exterior y de Defensa] (S. Karaganov aparece oficialmente en el consejo de supervisión del CFR y asiste a los paneles de la Comisión Trilateral), mientras que los "economistas jóvenes" forman la columna vertebral del gobierno de Yeltsin y su núcleo ideológico.

En las actividades de la red del CFR y sus filiales rusas es fácil deducir cómo los modelos conceptuales, operando con las categorías de "valor", "convergencia", "Occidente" y "la Ilustración", pueden influir activamente en los procesos fundamentales de la política mundial y destruir a un competidor civilizacional.

Rusia y Occidente en la era Putin

La llegada de Putin al poder corrigió apreciablemente este rumbo de la década de 1990. Lo más importante fue la firme directiva del nuevo Presidente para la afirmación de los intereses nacionales. Puesto que la mayor amenaza para los mismos vino específicamente desde Occidente - en primer lugar, de los EEUU y los países de la OTAN - esto tuvo un impacto inmediato en el aumento de la tensión internacional.

Putin tomó el camino del refortalecimiento de la soberanía y del desmantelamiento de las estructuras de influencia externa que operan a través de los políticos liberales, los oligarcas, los funcionarios corruptos y la intelectualidad metropolitana pro-occidental.

A partir de este momento la presencia en Rusia de sus propios intereses se convirtió en una verdad indiscutible, al igual que la incompatibilidad de aquellos con los intereses norteamericanos o europeos. Pero Putin, por su parte, sobre todo en su primer mandato presidencial, declaró en repetidas ocasiones que "considera a Rusia un país europeo", que "comparte los valores occidentales", y que está "siempre inclinado a la cooperación con Occidente", sobre todo cuando "nuestros intereses tienen puntos de superposición en común". En otras palabras, cambió noventa grados el modelo de las relaciones entre Rusia y Occidente de Yeltsin. La afirmación de los propios intereses de Rusia difería radicalmente de la sumisión completa de los liberales reformistas a la voluntad de los EEUU, pero la idea de la integración de Rusia en Occidente, la modernización a lo largo del escenario Occidental, permaneció igual.

Al mismo tiempo, Putin comienza a prestar más y más atención a la geopolítica. Él distingue claramente dos polos en la estructura de Occidente: los EEUU y Europa continental. Se esfuerza por acercarse a Europa en detrimento de los EEUU. Paralelamente a esto, los Estados Unidos refuerzan el estado de ánimo anti-ruso en la Unión Europea a través del euro-atlantismo, utilizan activamente a los países de la nueva Europa para establecer un "cordón sanitario" que separe a Rusia del continente europeo. Más tarde, los EEUU pasan a la táctica de rodear a Rusia en el espacio postsoviético a través de la organización de "revoluciones de color" (Georgia, Ucrania, etc.). El modelo geopolítico de la política exterior de Putin es adecuado para las realidades internacionales: diferencia las políticas en orientaciones europeas y americanas.

Todo esto funciona al nivel de los intereses, lo que se manifiesta de forma más evidente en la asociación energética ruso-europea: la vieja Europa está vitalmente interesada en el gas y el petróleo ruso y se esfuerza por una alianza pragmática con nosotros; los EEUU tratan de evitar esto mediante por todos los medios. Pero, en general, el reconocimiento histórico de los intereses rusos entre la dirigencia política está presente por primera vez después del difícil período, de delirio y franca traición, pos-soviético o liberal-reformista.

Desafío a Occidente

En su segundo mandato presidencial, Putin se encamina hacia una nueva evaluación y una diferente formulación de las relaciones de Rusia con Occidente, a la cuestión de los valores. Repitiendo las certezas acerca de "la corrección de los valores occidentales", comienza a referirse a las diferencias en la comprensión de la democracia, a las particularidades nacionales de los sistemas políticos, a las tradiciones rusas. Uno debe atribuir a la misma orientación también, la tímida teoría de la "democracia soberana".

En el plano geopolítico, en su famoso discurso de Múnich, Putin somete a fuertes críticas la política internacional de los EEUU y el proyecto de establecer un mundo unipolar. En esencia, lanza un desafío a Occidente bajo el aspecto en el que aparece en el presente. Y aquí nos acercamos al límite de las posibles interpretaciones de la posición de Putin. Mientras eliminaba gradualmente el occidentalismo sin reservas de la era Yeltsin, Putin se mantuvo hasta el último momento en el marco del modelo "Rusia = país europeo". En una primera etapa esto significaba "Rusia = un gran y soberano país europeo con sus propios intereses". Más tarde, la posición se hizo aún más diamantina: "Rusia = un gran y soberano país europeo con sus propios intereses y valores específicos, peculiares, firmemente opuesto a la unipolaridad estadounidense". Pero aquí hay una contradicción conceptual: si "Rusia = un gran y soberano país europeo con sus propios intereses y valores específicos, peculiares, firmemente opuesto a la unipolaridad estadounidense", entonces ya no es un país europeo en absoluto, puesto que pone en duda la universalidad de los valores occidentales (reclamando su interpretación nacional autosuficiente) y sale en contra del modelo de civilización de un mundo unipolar con una arquitectura occidentalo-céntrica. Y no sólo no es europeo, sino ni siquiera un país, porque simplemente no puede tener sus propios valores mientras pertenece a una civilización común con otros países; en este caso, tenemos que hablar de civilizaciones.

Es significativo que, según encuestas del Russian Public Opinion Research Centre [Centro de Investigación de Opinión Pública de Rusia], realizadas con regularidad, el 71-73% de los rusos en los últimos diez años responde persistentemente que "Rusia es una civilización" a la pregunta: "¿Es Rusia, en su opinión, parte de Europa o una civilización - ortodoxa o euroasiática - independiente"? Se alcanza un cierto consenso masivo (de la nación) en esta pregunta. Pero en la alta élite económica y en la política las proporciones son claramente diferentes.

La posición de Putin en relación con Occidente - como en una serie de otras cuestiones políticas muy importantes - es un intento de reconciliar élites y masas. A las masas les transmite la referencia acerca de la independencia de Rusia; a las élites, la certeza de la corrección del rumbo de Occidente y de la modernización. No se puede decir sin ambigüedad qué es tal cosa: una táctica consciente para encubrir su verdadera posición o una fluctuación entre estas dos identidades, "Rusia como un país" y "Rusia como civilización". Si observamos desde dónde y adónde se mueve Putin en sus evaluaciones de Occidente, entonces uno puede suponer que él, o bien muestra poco a poco su hasta entonces velado patriotismo ruso civilizacional, o en realidad evoluciona en esta dirección bajo la influencia de las circunstancias y de las observaciones relativas al desarrollo de los acontecimientos en la esfera internacional.

El camino del recién escogido Presidente Medvedyev repite en general las líneas de fuerza básicas y ​​las declaraciones de Putin. Las relaciones de Medvedyev con Occidente son muy similares a las de Putin: Medvedyev también afirma que "Rusia es un país europeo", pero al mismo tiempo, como su predecesor, insiste en los intereses nacionales (y en parte, en los valores) y critica fuertemente a los EEUU y el mundo unipolar.

Las redes del CFR en el período de Putin

Pese a la considerable corrección de la relación con Occidente en la era Putin, las redes básicas de influencia, establecidas de nuevo en la década de 1980 por parte de Occidente, permanecen sin tocar en Rusia incluso en este período. Karaganov y otros agentes de cambio siguen siendo figuras influyentes. Bajo la égida de Karaganov, la revista "Russia in Global Affairs", filial de la norteamericana "Foreign Affairs" (órgano oficial del CFR), comienza a publicarse en 2003 (el editor principal: F. Lukyanov). Muchas de las personas que forman parte del consejo editorial de la revista ocupan altos cargos en el gobierno, las empresas, los partidos políticos, etc. La Junta Directiva está presidida por el oligarca Potanin.

Oficialmente, el "Alfa-Group" - P. Aven y M. Friedman - representa los intereses del CFR en Rusia. En su tiempo, por los esfuerzos de este grupo, el Ministro de Defensa de la Federación de Rusia, S.V. Ivanov, y en la primavera de 2008, el Ministro de Asuntos Exteriores de la Federación de Rusia, S. Lavrov, e incluso el Presidente de la Federación de Rusia, D. Medvedyev (en el momento de la reunión de "los veinte") visitaron la sede del CFR en Nueva York. Las estructuras económicas de Aven-Friedman (en particular, TNK-VR) están profundamente integradas en la economía estadounidense, en ese segmento controlado por los Rockefeller y los Morgan, mientras que D. Rockefeller permanece durante muchas décadas como el ideólogo y patrocinador más importante del CFR (el propio CFR fue fundado por sus antepasados, banqueros, inmediatamente después del final de la Primera Guerra Mundial, y con franqueza se fijó como meta el establecimiento de un "gobierno mundial").

Estos ejemplos muestran que la evolución de Putin y los puntos de vista de Medvedyev relativos a las relaciones entre Rusia y Occidente no sobrepasan un cierto carácter crítico, más allá del cual la presencia de redes de influencia de "Occidente" en Rusia, en primer lugar en sus más altos niveles de gobierno, se convertiría en una tontería intolerable. Esto se halla conectado directamente con la fluctuación en la posición de la más alta dirección política en lo relativo al reconocimiento de Rusia como una civilización independiente y a la aceptación de una vez por todas de una visión sobria y crítica de Occidente. Mientras que el presidente y el primer ministro de Rusia sigan afirmando que Rusia es "un país europeo" (sin embargo, podrían interpretar esas palabras), las estructuras de influencia occidentales ejercerán sobre las políticas externas e internas de Rusia una gran influencia, si no abrumadora.

Aparte de la organización del propio CFR, otros órganos institucionalizan una influencia similar, son plataformas tales como el "Institute for the Development" (RSPP) de Yevgeny Yasin, el Forum for Strategy-2020, la más alta escuela de economía, grupos de liberales en la administración del Presidente, etc.

Las relaciones de Rusia y Occidente en el futuro

Por fin, hemos llegado a la parte final: la previsión, los deseos y recomendaciones relativas al desarrollo de las futuras relaciones entre Rusia y Occidente. El análisis precedente procuró demostrar la complejidad de este problema, cuántos desplazamientos semánticos, matices, imposiciones de diferentes valores y esquemas geopolíticos existen. El concepto y la configuración de "Occidente" están cambiando. No hay claridad en la definición de la identidad de Rusia, por lo que incluso los matices de las definiciones y las adiciones a la fórmula básica pueden llegar a ser decisivos y transformar un más en menos, la victoria en derrota, o viceversa.

Rusia se encuentra ante un dilema histórico. La esencia de ello conduce a trabajar en una nueva fase y en nuevas condiciones en su relación con Occidente. La situación se agrava por la profunda crisis económica y, al parecer, ideológica, que atraviesan hoy no sólo los EEUU, sino todo el mundo, un mundo tan global que un fracaso en el funcionamiento del Occidente nuclear casi ha derribado la economía de todos los demás países, o por lo menos les causó un daño enorme e irreversible. Occidente se hizo tan global que las confusiones en su centro afectan al instante a toda la periferia.

Para desarrollar las previsiones y las estrategias para el futuro desarrollo de las relaciones entre Rusia y Occidente, es necesario en primer lugar definir nuestros conceptos.

Perestroika 2: Rusia se integra en el "Occidente global"

La posición teóricamente más consistente en esta situación sería la de los occidentalistas más radicales: Occidente devino global y esto debe ser aceptado, integrando sus estructuras en cualquier condición, y cuanto antes, mejor. Si es necesario rechazar la soberanía para dar tal paso, vale la pena hacerlo, en la medida en que tarde o temprano la globalización pondrá la autoridad en manos de un "gobierno mundial" supra-nacional, y uno debe esforzarse por adquirir en él algunas carteras, no involucrándose en un conflicto perdido. Y si en este momento la economía liberal experimenta una crisis, entonces estos problemas son sólo "detalles técnicos de la autorregulación de los mercados"; el mercado encontrará un modo de salir de la crisis. Y en la medida en que nadie hoy ofrece una alternativa distinta al liberalismo occidental (todas las viejas variantes contrarias sufrieron una bancarrota), Rusia simplemente se queda sin otra opción que no sea la de compartir las dificultades de Occidente.

M. Khodorvosky razonó aproximadamente así, y los miembros del partido de la oposición "Otra Rusia" se destacan por tales posturas. Pero lo más importante es que incluso los más moderados occidentalistas, pertenecientes a la red del CFR y que ocupan puestos clave en la economía rusa y en parte de la esfera política, sostienen este punto de vista en una forma suavizada. Y aunque pocas personas expresan hoy abiertamente ideas similares, es precisamente esta línea estratégica la que es peculiar al bloque económico del gobierno (A. Kudrin, E. Nabiullina, A. Dvorkovich, I. Shuvalov), a los arquitectos de la política internacional rusa, al Ministerio de Asuntos Exteriores, al estatal Institute of International Relations de Moscú, a la Administración del Presidente, a los oligarcas rusos (en la Russian Union of Industrialists and Entrepreneurs o en el Institute of Development) y a otros segmentos influyentes de la élite rusa. En general, la élite se mantiene fiel a Occidente, absorbe sus valores, almacena su capital allí y asienta a sus familias allí, pasa su tiempo libre allí y prepara a sus hijos allí. Y aunque las actitudes hacia las figuras de Putin y Medvedyev dividen bruscamente a los rusos occidentalistas en dos partes (una, a favor; la otra categóricamente en contra), ambas se derivan del principio de la inevitabilidad de la globalización y del establecimiento de un "gobierno mundial".

Hay que decir que tal posición tiene un "mérito" importante: permite trabajar y vivir por inercia, sin grandes esfuerzos y trabajos. Las tendencias de la globalización y la construcción de un mundo unipolar se desarrollan por parte del Occidente nuclear tanto con la ayuda de la inercia involuntaria del timón de la historia del mundo, como gracias al trabajo intensivo a la hora de hacer valer sus intereses. Los valores e intereses de Occidente coinciden en su carácter básico; el movimiento del "fin de la historia" es irreversible, se discute sólo acerca de su velocidad, fases y detalles. Por mucho que el posmodernismo asuste incluso a sus adeptos, está escrito en la lógica de los procesos sociales, culturales, tecnológicos y geopolíticos; nadie podrá aplazarlos, ni, por otra parte, suprimirlos mediante decreto voluntario. Por lo tanto, los occidentalistas rusos proponen "relajarse y disfrutar", incluso si uno está hablando de algo desagradable, incluso mortal para el país, para las ambiciones del pueblo, y para la misión histórica de Rusia.

Ellos discuten y ridiculizan la presencia misma de esta misma misión, aconsejan disminuir la ambición, y afirman que los desagrados pueden subsanarse mediante el constante crecimiento de la industria del entretenimiento, de la propaganda "totalitaria" del glamour y el espectáculo. Si Rusa se extingue como consecuencia de la globalización, entonces, comodidad para los liberales: "ahí está su coche fúnebre"; lo importante es sólo hacer esta agonía lo más imperceptible y "cómoda" como sea posible. Rusia se está muriendo, pero la gente - si puede, por supuesto - tendrá la oportunidad de dejarse caer en el Occidente mundial, permanecerá e incluso probablemente será capaz de aprovechar las oportunidades recién abiertas: la libertad de la migración, de la comunicación, el acceso al conocimiento, la búsqueda de empleo y la igualdad de oportunidades. Y hay que admitir que si pensamos en Rusia como un país europeo, los liberales tienen razón. Después de todo, otros países europeos rechazan poco a poco su soberanía, transfieren el poder - hágase con un chirrido - a órganos supranacionales (la burocracia de Bruselas), igualan en derechos a la población autóctona y a los inmigrantes de África y Asia, borran las fronteras, adoptan el idioma inglés, y se olvidan de las raíces nacionales, culturales y religiosas. Si "Rusia es un país europeo", entonces, como otros países europeos, tiene que disponerse a ser borrado de la faz de la tierra, cediendo su lugar a nuevas organizaciones globalistas. Para la propia Europa, la integración es sólo una etapa temporal. Si seguimos el proceso de globalización, en su próxima ronda el mundo entero se convertirá en un "gobierno unificado" (el Estado Mundial), y todos los narodi y países entregarán el poder al "liderazgo mundial" (el embrión del cual es hoy el CFR o la Trilateral).

Tal tendencia proyectada sobre las relaciones de Rusia y Occidente no es tan absurda y marginal como parece a primera vista después del resurgimiento del sentimiento patriótico, que creció durante todo el gobierno de Putin, y en los primeros días del presidente Medvedyev (sobre todo después agosto de 2008 y el conflicto entre Rusia y Georgia). La integración en el Occidente global (="civilización mundial") es la decisión más simple, no exige ningún esfuerzo. Los procesos de globalización marchan por sí solos, e incluso aquellos que no están de acuerdo con los valores de su contenido ideológico (por ejemplo, China, y en menor grado la India), tratan simplemente de corregir estos procesos por su propio bien, restringiendo o aminorando un poco su velocidad, para darles un color local definido, discutiendo matices; pero nadie - a excepción de los círculos islamistas radicales y el joven movimiento anarquista de los anti-globalización - protesta lógica y completamente en contra de los mismos. Desde esta perspectiva, participar en la globalización no se ve como una opción volitiva, sino como algo que se sobrentiende; no exige una elección en la medida en que ya se toma por nosotros, por la lógica de la historia de la Edad Moderna, la aparición regular de la posmodernidad y "fin de la historia".

Por lo tanto, no se puede descartar tal decisión occidentalista de improviso. El régimen soviético, más ideologizado, radicalmente anti-occidental, totalitario y controlado que el actual régimen, se derrumbó ante esta lógica inexorable de Occidente y renunció a su posición ante los convincentes argumentos de la red de influencia que él mismo había establecido. Deseando participar en la modernización de otros a costa de un esfuerzo mínimo, la URSS pagó por su error y murió. Pero la conmoción fue olvidada rápidamente, y en presencia de problemas crecientes, una análoga aproximación a las cosas - Perestroika, reformas liberales, lazos más estrechos con los EEUU, entrada en la OTAN, el rechazo de territorios gigantescos y regiones etno-sociológicas - podría repetirse en su totalidad, sobre todo en momentos de crecientes problemas. La oposición liberal habla abiertamente de ello. Pero un porcentaje significativo de la élite rusa contemporánea sostiene secretamente la misma opinión. Por esa razón, tal escenario - condicionalmente hablando, una "Perestroika 2" - incluso aunque su probabilidad sea baja debido a la actual escalada del patriotismo ruso, no debe ser descartado en ningún caso.

Rusia y Occidente en la Teoría Eurasianista

Mediante una premisa directamente contraria se puede basar un pronóstico del desarrollo de las relaciones de Rusia con Occidente, cuya tesis afirma que "Rusia es una civilización independiente", Rusia-Eurasia, un "mundo de gobierno". En este caso, el concepto de Occidente (como Modernidad y modernización en sus diversas formas), en prácticamente todos los sentidos de esta palabra, desde el histórico al moral e ideológico, se toma como un mal, como un concepto negativo, como una antítesis hegeliana que se debería rechazar, derrotar, vencer, superar, deshacerse de ella, interrumpir, y en el largo plazo, destruir. Los zares rusos del período de Moscú sostuvieron tal punto de vista (viendo en Europa el "Reino de los herejes", "papistas y saqueadores"), al igual que los eslavófilos (especialmente los tardíos), los narodniks rusos, los eurasianistas y los comunistas (en línea con su especial ideología de clase).

Partiendo de estas perspectivas eslavófilas (eurasianistas), las relaciones entre Rusia y Occidente deben construirse en una clave totalmente diferente. Esta posición puede ser llamada estrictamente anti-occidental. La civilización rusa (eslavo-ortodoxa, eurasianista) debe dar un último y decisivo golpe.

Una disposición tal conduce a una completa negación de aquel camino de desarrollo recorrido por Occidente y por aquellos que se encontraron en su zona de influencia, de buen grado o por la fuerza (a través de la colonización).

En consecuencia, el primer (y más importante) punto de la estrategia se convierte en una negación de la universalidad de la experiencia histórica de la civilización europea, poniéndola al nivel de un caso particular, con una refutación de todas sus pretensiones de ser el camino principal del desarrollo humano. Esto implica ni más ni menos que un desafío a toda la estructura de la época de la modernidad, un repudio de la Ilustración, situando el espíritu de la Edad Moderna al nivel de un fenómeno local - p. ej., geográfica e históricamente. Si Rusia es una civilización independiente, entonces su lógica, sus fases, dinámica, objetivos, valores y orientación pueden ser completamente diferentes a la senda del desarrollo y establecimiento de Occidente. Por cualesquiera caminos y sea cual fuere la lógica, Occidente debía ir al final de la historia, al post-modernismo y a la sociedad posindustrial; Rusia-Eurasia es bastante capaz de decir a todo esto un decisivo "¡no!", rechazarlo sobre la base de sus propios valores, prioridades, puntos de referencia, elecciones y, en última instancia, intereses.

Esta posición exige una reconsideración metafísica de la identidad rusa; la elaboración inmediata de la idea nacional rusa en un nuevo giro de su desarrollo, con el fin de llevar a cabo, bajo un completo rechazo a Occidente, una fundación paradigmática, filosófica, segura.

Habiendo dado un paso en este sentido, y no esperando hasta que la enorme tarea del espíritu sea realizada, es muy posible esbozar los principios fundacionales partiendo de los cuales Rusia-Eurasia, Rusia (= una civilización), construirá sus relaciones con Occidente.

El primer y más importante punto en estas relaciones será un repudio a la tendencia hacia el "Occidente global". Occidente es un fenómeno local y regional, y todos sus intentos de presentarse como un estándar universal de desarrollo no son otra cosa más que una pretensión racista, colonial, de poder absoluto sobre la humanidad. Se declara la guerra al universalismo de Occidente.

Otra importante conclusión se deduce de esto: la modernización, que Occidente lleva a cabo y que lleva a todos los demás, no es el destino, sino una posibilidad voluntariamente seleccionada que los demás adoptan o rechazar. En este caso, la modernización se transforma no tanto en un objeto de deseo como en una aventura dudosa, cuando la sociedad sacrifica las bases religiosas, éticas y tradicionales, pero gana comodidad tecnológica elevada al valor más alto y al criterio más importante. La modernidad - con su materialismo, su ateísmo y su utilitarismo - se muestra como una tentación, atractiva pero fatal para el espíritu y la independencia de las culturas y los narodi. Por lo tanto, la modernidad se ve privada de su valor histórico, mientras que la sociedad tradicional, incluyendo la religión, el culto, los ritos, las costumbres, etc., es entendida no como algo que se sobrevive a sí misma, no como una inercia y una superstición, sino como la libre elección de una sociedad libre.

Occidente ató su suerte a la Modernidad y a la modernización. Si Rusia es una civilización independiente, diferente de la occidental, bien puede (y debe) actuar de otra manera, haciendo una elección a favor de la sociedad tradicional. De aquí se desprende una conclusión muy importante: la modernidad y la modernización no representan por sí mismas valores absolutos y el imperativo incondicional de desarrollo. Rusia puede desarrollarse y vivir de acuerdo con su lógica interna, dictando su religión, su misión histórica, su cultura original y distintiva.

Rusia, entendida como una civilización, no sólo puede sino que debe tener sus propios valores diferentes a los de otras civilizaciones. Por lo tanto, tiene pleno derecho a establecer sus propios y singulares modelos políticos, sociales, jurídicos, económicos, culturales y tecnológicos, sin prestar atención a la reacción de Occidente (ni, por cierto, a la de Oriente).

En las políticas concretas, estos principios se convierten en el modelo del mundo multipolar. Es más, los polos no se convierten en segmentos del Occidente global que sólo se toman una pausa con el fin de construir de manera más efectiva sus sociedades bajo un estándar universal, sino civilizaciones separadas, que reclaman su propia comprensión de la historia, su propio tiempo histórico específico (cíclico o lineal), su propia ontología, antropología, sociología, politología, su propio mundo, que a los demás puede no gustar, aunque tal cosa no tenga ninguna influencia sobre nada.

Así nace la filosofía fundamental de la multipolaridad, negando las pretensiones de Occidente acerca de la universalidad de su camino e invitando a los narodi del mundo a buscar por sí mismos no sólo los medios de desarrollo, sino también a definir sus metas y dirección.

Si Rusia emprende un camino tal y se reconoce a sí misma como civilización (como la inmensa mayoría de la población la reconoce), esto significará una cruzada contra Occidente, negando su misión universal, lo que significa soltar las amarras de la modernidad y la posmodernidad como su última expresión.

Tal posición no es tan improbable, aunque hoy en día sólo la han adoptado Irán, Venezuela, Siria, Bolivia, Nicaragua, Corea del Norte, Bielorrusia y, de una manera cuidadosa, China.

Si permitimos que el liderazgo político de Rusia tome el paso esperado y proclame que Rusia es una civilización, se formará una cadena lógica de acciones prácticas:

Rusia reforzará sus relaciones con aquellos países que lanzan radicalmente un desafío a Occidente, la globalización, la modernidad y la posmodernidad. Rusia comenzará a dividir a Occidente, fortaleciendo sus lazos con la Europa continental y tratando de conducirla fuera del control de los EEUU. Rusia establecerá un filtro en relación a los procesos de globalización en el ámbito de la cultura, la tecnología y los valores, aceptando solamente lo que promueva el fortalecimiento de su poder estratégico, y arrojando cruelmente y dejando fuera de la ley todo lo que debilita, corroe y relativiza su identidad civilizacional.

Este tipo de giro dará lugar a una escalada de las relaciones con los EEUU y todos los apologistas del "Occidente global", pero por su parte señalará a Rusia a los miles de millones de aliados que en aquellos países quieren preservar la lealtad a sus valores y tradiciones, en lugar de disolverse en un "gobierno mundial".

Nadie sabe el resultado final de esta confrontación, en la medida en que están en juego intereses históricos demasiado grandes; estallará una verdadera batalla por el significado del "fin de la historia" o, según sea el resultado, por su continuación. Si se construye un mundo multipolar, la historia continuará. Si no, entonces la posmodernidad ascenderá al trono irreversiblemente, y terminará, cediendo su lugar a la "pos-historia" (esta vez, sin ninguna brecha [también: vergüenza / deshonra.]).

Rusia y Occidente en la óptica del Gobierno ruso contemporáneo (Vlast') [*]

A fin de no entregarse a ilusiones vacías y no tratar de pasar lo deseable como lo verdadero es preciso señalar que: hoy en día, el gobierno ruso no está del todo listo para tomar una decisión, ya sea en una u otra dirección. Ni Putin ni Medvedyev están planeando, sea el disolverse en Occidente, sea admitir que Rusia es una civilización independiente y plantear a Occidente una lucha final. Ni el gobierno ni la sociedad están listos para un paso tan abrupto.

Teniendo en vista la lógica de todo el período pos-soviético, es fácil darse cuenta de que el péndulo de la política rusa se desplaza constantemente de un occidentalismo desenfrenado al lado opuesto. Toda la historia de la presidencia de Putin, su gigantesca popularidad y el apoyo a sus políticas en la nación son la evidencia de que la autoconciencia de los rusos está fuertemente inclinada hacia el reconocimiento de Rusia como una civilización y al rechazo del occidentalismo. Y cualquier sugerencia por parte del gobierno de actuar de la misma manera es inmediatamente tomada con entusiasmo por las grandes masas. Pero, a pesar de esto, hay una barrera invisible que mantiene en jaque su evolución en esta dirección. Puede ser que estemos tratando aquí con la eficacia de las acciones de los agentes y redes de influencia (en primer lugar, el CFR). Es posible que no haya todavía suficiente energía acumulada en la sociedad para entrar en una nueva ronda de la lucha civilizacional, que, de una forma u otra, los rusos libraron durante toda su historia.

Cualquiera que sea el caso, la posición de las actuales autoridades rusas en relación con Occidente (en su encarnación actual) sigue siendo indefinida. Las autoridades rechazaron el occidentalismo directo, pero tampoco tomaron una posición alternativa (eslavófila, eurasianista). "Se colgaron" como se cuelgan los ordenadores de vez en cuando. Ni aqui, ni allí.

Hemos esbozado los escenarios generales del desarrollo de las relaciones con Occidente si el liderazgo toma una de las dos posiciones fundamentales: la integración en el Occidente global, o la afirmación de los valores e intereses de Rusia como una civilización en un mundo multipolar.

Hoy en día la elección no está tomada. Es aplazada y puesta a un lado de todos los modos posibles. La impresión que se crea es la de que las autoridades rusas (Medvedyev y Putin) sufren por la misma necesidad de esta elección, y que harían todo lo posible para que no existiera una alternativa tan estricta, para evitar por algún medio una variante comprometedora, tanto la occidental como la no occidental.

Rusia debe integrarse y modernizarse, pero al mismo tiempo, preservar la soberanía y la independencia [lit: ser autónomo]. Diversas concepciones como "democracia soberana" son un desesperado esfuerzo por reconciliar lo irreconciliable.

Tales indefinición y ambigüedad son cómodas para una ampliación táctica del campo de posibilidades. Pero esto no es una solución del problema, sino más bien su aplazamiento. Esto puede proporcionar (y proporciona) un efecto positivo para la reconciliación de las élites occidentales y las masas eurasianistas (nacionalistas). Pero tarde o temprano tendrá que hacerse una elección. Las autoridades rusas están convencidas: mejor más tarde.

Probablemente haya razones concretas para tal posición; sin embargo, "más tarde" no significa "nunca". Llegará el momento en que se tendrá que dar una respuesta inequívoca y clara a este dilema: ¿Rusia es un país europeo o una civilización [lit: independiente]?

Cuando Medvedyev habla de multipolaridad y critica a los EEUU, uno tiene la impresión de que ha tomado una decisión a favor de la civilización. Pero al momento siguiente aparece en público en compañía de agentes de influencia del CFR y oligarcas, y habla de "la democracia y la modernización", subrayando la determinación de Rusia por convertirse en una parte del Occidente global. Putin ha actuado exactamente de la misma manera: rechazaba constantemente sus propios instintos ideológicos, mezclando en un único y mismo discurso lo que es incompatible y mutuamente excluyente.

Esta observación muestra que las relaciones de Rusia y Occidente bajo la actual administración se ejecutarán en un espacio intermedio entre dos posiciones específicas y distintas. En lugar del inequívoco "lo uno o lo otro", que predeterminaría la lógica de las relaciones entre Rusia y Occidente a largo plazo, estamos predestinados durante algún tiempo a la reserva, la oscilación, la paralipsis. Las autoridades rusas no maduran para responder a este problema fundamental. Probablemente, la sociedad misma no está completamente madura para ello.

Mientras este compromiso exista, no esperemos una decisión verdadera y de pleno derecho. Esto significa que las relaciones entre Rusia y Occidente se desarrollarán contradictoriamente y de manera ambigua: sí y no a la vez.

Sin embargo, la crisis económica mundial y la lógica de la globalización, de la que Occidente no tiene intención de distanciarse, acelerará (para nosotros) objetivamente el proceso de tomar una decisión. No funcionará "estirar la cuerda" más allá de un cierto punto crítico. Las autoridades tendrán que tomar una decisión que predeterminará a largo plazo la lógica del desarrollo de las relaciones con Occidente. Es difícil anticipar de qué tipo será esta decisión y cuándo se impondrá. Pero hemos tratado de describir con la mayor precisión entre qué opciones se tomará la decisión.

La posición subjetiva del autor

En esta sección, mi tarea era la de describir de la forma más correcta y lógica que me fuera posible los modelos de las relaciones de Rusia con Occidente. Por esa razón, traté de abstenerme de apreciaciones periodísticas y de demostrar preferencias personales. Sin embargo, como conclusión no puedo dejar de señalar mi opinión:

• Rusia es una civilización independiente;

• Occidente y la lógica de su devenir: este es el camino hacia el abismo;

• La afirmación de la universalidad de fenómenos tales como el progreso tecnológico, la democracia, el individualismo y el liberalismo encubre debajo de sí el racismo, la superioridad cultural y aspiraciones coloniales;

• La "tolerancia", propagada de modo propagandístico por Occidente, es una forma de imposición agresiva de sus valores en todas las otras culturas y civilizaciones;

• El destino de Rusia consiste en la afirmación de su independencia, el seguimiento de su propio camino, la defensa de sus valores originales (la Ortodoxia, la moral, la justicia, sobornost [**], holismo, etc.), y la oposición a Occidente en todas sus formas .