El indeciso Vučić y la huida de las inteligencias artificiales del mundo (Escalada)
Solapas principales

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera
Presentador: Para empezar, analicemos una situación muy tensa que ha agitado a la opinión pública en diversos ámbitos, tanto en el mundo ruso como en el eslavo. Zelenski llegó a Serbia. Es su primera visita a Belgrado en su cargo actual. Se llevaron a cabo eventos con el presidente serbio, se inaugurará una fábrica de drones en Serbia y se escucharon comentarios sobre los posibles méritos del régimen de Kiev en este ámbito. Y, naturalmente, se difundió ampliamente en las redes sociales y en Internet un video con la pregunta de un periodista alemán —perdón, Señor, entre comillas— sobre qué pueden hacer los europeos para matar a más rusos (se le escapó decir «soldados rusos», pero sonó exactamente así). Me gustaría conocer su opinión tanto sobre esta visita en general como sobre cuestiones específicas relacionadas con ella.
Aleksandr Duguin: Saben, si ponemos esta pregunta en el contexto de nuestros problemas en el espacio postsoviético —con Armenia u otras exrepúblicas de la Unión—, todo esto encaja en el mismo patrón. Las relaciones inerciales, la amistad tradicional entre Rusia y Serbia, que parecía inquebrantable, se está derrumbando y eso duele mucho. Amo tanto al pueblo serbio, he puesto tanto alma y corazón en Serbia y en el desarrollo de nuestras relaciones. Para mí, esto es un gran golpe. Los serbios parecían ser quienes nos amaban cuando nadie nos amaba y no nos traicionaron cuando todos nos traicionaron.
Lo que está haciendo Vučić —y aquí nos referimos precisamente a él— no es nada nuevo. Intenta sentarse en dos sillas: con un pie en Europa y con el otro en el movimiento patriótico y prorruso serbio. Al parecer, tiene más de dos pies, ya que se las arregla para mantener el equilibrio entre un rumbo proeuropeo y globalista, tratando de complacer a todos. Y como lleva mucho tiempo en el poder, a pesar de los disturbios internos y la oposición, esto da sus frutos. Lamentablemente, al observar la política exterior, uno se convence de que incluso los sinvergüenzas descarados que se mantienen en el poder durante mucho tiempo demuestran que el cínico de Maquiavelo tenía razón. La principal evaluación de un gobernante aquí no es la moral, sino cuánto tiempo ha permanecido en el cargo.
Vučić maniobra hasta el límite, traicionando a todos los que puede, y luego da un paso atrás. Esta política astuta —tanto para ustedes como para nosotros— le da resultados, pero golpea duramente a los idealistas. A aquellos serbios que aman a Rusia con sinceridad, y no por conveniencia, y a aquellos rusos que sienten un profundo amor histórico por los serbios. Después de todo, en su momento, por los serbios, por nuestra lealtad a nuestros hermanos ortodoxos de los Balcanes, nos metimos en la Primera Guerra Mundial y perdimos el imperio. Los serbios se comportaron igual con nosotros. Y esa actitud de Vučić golpea duramente la dimensión idealista de la política, que de ninguna manera se puede dejar de lado.
La política real siempre se desarrolla en algún punto entre el idealismo y el oportunismo total, representando un compromiso entre la sinceridad y la maldad. La maldad pura es poco común; incluso Trump llegó al poder amparándose en tesis sinceras y luego engañó a la mayor parte del pueblo estadounidense. La geopolítica siempre se balancea en esa línea. Pero ahora Vučić ha llegado a un límite más allá del cual sus acciones comienzan a contradecir directamente tanto las aspiraciones más profundas del pueblo serbio como nuestras relaciones.
Al acoger al terrorista Zelenski y anunciar la creación y el desarrollo de drones para matarnos —algo a lo que, hasta ahora, aún no había llegado—, Vučić se ha colocado directamente sobre la línea roja. Aún no la ha cruzado definitivamente, porque de inmediato dio marcha atrás, destinando algo de dinero para que no nos malinterpretaran, diciendo: «Rusia está bien» y cosas por el estilo. Pero se encuentra peligrosamente cerca de esa línea. Y como no reaccionamos muy rápido ante las líneas rojas —creo que hemos sacado conclusiones, pero no nos apresuramos, dándoles la oportunidad de dar marcha atrás—, actuamos de la misma manera con respecto a nuestros otros socios.
Esto no surte mucho efecto: perdonamos a quienes nos ofenden y nos desafían con la esperanza de que recapaciten. Pero rara vez lo hacen; más bien, simplemente creen que las líneas rojas se pueden desplazar más allá y dan el siguiente paso de forma más descarada. Por otro lado, no tenemos mucho con qué castigar a Vučić: no vamos a apoyar movimientos prooccidentales a espaldas de Soros para derrocarlo, pues eso sería aún peor. Nos vemos obligados a maniobrar también en este estado intermedio.
Soy un idealista, un filósofo, llevo una vida contemplativa —bios theoretikos, como decían los antiguos—. Por eso veo todo con extrema claridad: para mí, toda esta confusión intermedia, el conformismo, los vaivenes, el baile de los oportunistas, los pragmáticos y los estrategas políticos solo me causan irritación. Veo la situación a través de las palabras del Evangelio: vuestro «sí» debe ser «sí» y vuestro «no» un «no». Si están del lado de los rusos, estén con los rusos: sufran con nosotros y compartan nuestras preocupaciones. Acudiremos en su ayuda no por interés propio, sino porque somos personas de principios.
Me parece que nuestro presidente actúa precisamente así. A él también le duele mucho ver todas estas vacilaciones de personas insignificantes e indecisas. ¿Qué conclusión saco de esto? Necesitamos formular un programa máximo, el contorno idealista de la política rusa. Declarar claramente a todos —a quienes están con nosotros, a quienes se unirán a nosotros, a los indecisos y a los enemigos— cómo vemos el mundo, Europa, la seguridad mundial y la multipolaridad. No necesitamos un enfoque pragmático del tipo «atacamos un poco, luego nos retiramos, amenazamos y neutralizamos el desafío» (así es como actuamos tanto con Pashinián como con Vučić).
En cambio, debemos declarar nuestro objetivo tras la inevitable victoria —incluso si el precio es la destrucción total de la economía y la industria militar ucranianas—. A eso nos hemos dedicado ahora, tras perder la esperanza en las medias tintas y comenzar a luchar de verdad. Solo nos detendremos cuando sintamos que nuestra victoria es irreversible y esa será ya una Rusia completamente diferente. Sería genial anunciar a todos, en este mismo momento, nuestra visión del futuro.
¿Quizás hacer una declaración de este tipo: anunciar qué pasará con nuestros enemigos y amigos después de nuestra victoria? —Por ejemplo, nuestros amigos recibirán Kosovo, una Europa del Este libre, liberada de la ocupación de la OTAN y lista para desempeñar el papel de frontera. Una Ucrania libre como parte de nuestro Estado eslavo oriental unificado. Una integración plena del espacio postsoviético en beneficio de todos los pueblos: a todos les garantizaremos soberanía y protección nuclear.
A los amigos que nos han respaldado —como Corea del Norte—, les agradeceremos con todo lo que podamos y haremos todo lo posible por nuestros seres queridos que se sacrificaron en esta guerra y no dudaron. A China le devolveremos todo su apoyo con creces, pero también recordaremos cómo dudó. A Irán, que se mantiene con gran valentía, lo apoyaremos y agradeceremos en todos los sentidos. Propondremos otra visión del mundo —multipolar y justa—, donde la Gran Rusia se convertirá en garante de la libertad y la soberanía frente a la hegemonía occidental para todas las regiones del planeta.
Y al Occidente se lo pagaremos con creces: provocaremos el colapso de la economía europea y reduciremos la influencia estadounidense a sus propias fronteras. Que se ocupen de sus propios asuntos: tienen Canadá y los Estados Unidos y con eso basta. Al resto lo liberaremos: México, Colombia, Venezuela, Argentina. Entiendo que muchos dirán que nos hemos propuesto mucho. Pero escuchen, varias veces en la historia nos hemos propuesto mucho y luego —con gran esfuerzo, es cierto— lo hemos logrado. Hay que tomar en serio las palabras rusas.
Si describimos ese programa máximo de nuestra política exterior —a quiénes ayudaremos, a quiénes agradeceremos, a quiénes castigaremos, qué orden impondremos en Europa, reducida a sus proporciones naturales, y qué le ofreceremos a Estados Unidos cuando sufra un fracaso, en lo cual pondremos todo nuestro empeño—, entonces todo quedará claro y partiremos de ahí. Pero ahora le damos a unos veinte años, a otros diez, amenazamos a unos, apoyamos a otros. A partir de una política proactiva, y no reactiva, debemos estructurar nuestras acciones, nuestros incentivos y nuestras amenazas. El panorama cambiará radicalmente, se lo aseguro.
Muchos piensan que estamos jugando el mismo juego que esos políticos mezquinos y de corto plazo. Pero Rusia es un gran país, un país de grandes tiempos, grandes espacios y ciclos. Somos un gran pueblo, capaz de avanzar hacia nuestra meta a lo largo de siglos. No pensamos en uno o dos mandatos presidenciales, sino en siglos y en categorías idealistas. Hoy se percibe una cierta falta de una declaración sobre nuestra visión del mundo futuro. Quizás esto parezca irrealizable ahora o dentro de algún tiempo, pero, si contamos con ese punto de referencia y ese objetivo, avanzaremos hacia él de manera constante. Y entonces cualquier Vučić, Pashinián, Maia Sandu o quien sea se lo pensará cien veces antes de ponernos a prueba y sobrepasar los límites, porque ese tipo de cosas son una afrenta hacia nosotros.
Vučić nos ha escupido en la cara con esta visita de Zelenski y al permitir que se hable de cuántos rusos más se pueden matar. Ha traicionado tanto la amistad ruso-serbia como los propios intereses serbios. Por supuesto, no debemos actuar de manera precipitada ni llevar a cabo una venganza espontánea, para no hacerle el juego a los enemigos —tanto a los nuestros como a los del pueblo serbio—. No somos aventureros.
Pero aquí se ha hecho imperiosa la necesidad de una gran política mundial y de crear una visión a gran escala de nuestro futuro. Hoy en día vivimos con demasiada frecuencia de reminiscencias históricas: dicen que ayudamos a los serbios en la Primera Guerra Mundial, que liberamos a alguien en la Gran Guerra Patria. Todo eso está muy bien, pero es pasado. La memoria de la gente se desvanece, y nos dicen: «Sí, eso pasó, pero ¿qué nos espera mañana?» Nos falta una visión rusa hoy.
Un conocido periodista egipcio, Amr, quien me ha entrevistado durante muchos años, señaló recientemente: las posturas de Duguin se vuelven cada vez más radicales y a medida que los asuntos actuales de Rusia se complican, las ambiciones de nuestra visión global del mundo no hacen más que crecer. ¡Y tiene toda la razón! No debemos basarnos en la coyuntura del momento. Nuestra planificación debe ser a largo plazo, de un siglo. Debemos ver la profundidad de los procesos históricos.
Así encontraremos el tono adecuado para comunicarnos con las más diversas élites: las neutrales, las que nos perjudican, las que nos ayudan o las que dudan. Debemos decirles abiertamente: «Miren, si continúan con esa política ambigua, después de nuestra victoria —y esta llegará— actuaremos de tal y tal manera». Al exponer nuestra posición más firme, podremos lograr éxitos ya desde ahora.
Claro que habrá muchos especialistas en buscar compromisos, pero primero hay que decidirse a describir esta gran visión de un mundo multipolar y justo, sin la hegemonía occidental, que satisfaga a Rusia. No debemos temer afirmar que la condición previa para este mundo es nuestra victoria en Ucrania y la victoria global sobre la hegemonía occidental. Nos estamos preparando para ello y avanzaremos en esta dirección todo el tiempo que sea necesario. Que cada uno se decida: que diga su «sí» o su «no». Esta determinación interna es capaz de cambiar radicalmente toda nuestra política exterior.
Presentador: Aquí ni siquiera hay qué agregar, porque quería hacerle una pregunta: ¿quizás los serbios esperaban algo más de Rusia hace 5, 10, 20 o 25 años? Pero usted, en general, cerró este tema afirmando que es importante definir claramente nuestros puntos de referencia para todos. Entonces le propongo que comente la iniciativa de Turquía. Turquía propone un alto el fuego en el Mar Negro, una moratoria a los ataques contra buques mercantes. Es una declaración muy extraña, considerando que todos saben perfectamente quién ataca a los buques, pero, al mismo tiempo, Ankara se dirige al régimen de Kiev y a Rusia como si estuvieran en pie de igualdad —así se expresó el ministro de Relaciones Exteriores, Hakan Fidan. ¿Qué hacer con Turquía? Al fin y al cabo, es un país que no solo se sienta en dos sillas, sino en dieciocho, y de todas ellas, por ahora, saca provecho con éxito.
Aleksandr Duguin: Esto es exactamente lo mismo de lo que hablábamos: las mismas pequeñas vacilaciones. Turquía es nuestro socio, es un gran pueblo euroasiático, en gran medida contrario a Occidente, pero su política se basa, año tras año, en el equilibrio. Los turcos proponen: «Vamos a firmar un alto el fuego, a detener los ataques». Y nosotros debemos responderles: «Dejemos que nosotros mismos decidamos qué hacer en el Mar Negro y en territorio ucraniano». Primero la liberaremos, haremos todo lo necesario para la victoria, y ya después hablaremos.
No lo hagamos ahora, pospongamos todas estas negociaciones. Actuamos de manera absolutamente simétrica: aislamos a Ucrania del mar, convirtiendo a Odesa en un puerto inoperante, al que ya no llegará ningún barco y al que no llegarán cargamentos. Y estamos actuando de manera totalmente correcta, a pesar de todas las peticiones de nuestros camaradas turcos u occidentales. Tan pronto como comenzamos a tomar la iniciativa y a ganar, ellos inmediatamente acuden con llamados a detenernos, esperar y no aprovechar el éxito —y lo hacen precisamente hasta el momento en que deciden que pueden volver a apoyar a nuestros enemigos.
Cerremos el tema de Odesa, privemos por completo a Ucrania de cualquier acceso a espacios marítimos y ya después de eso hablemos con Turquía. Mejor aún: mantengamos el diálogo después de que hayamos liberado toda Ucrania. Rusia siempre ha sabido mostrar sabiduría y flexibilidad. Cuando logremos nuestro objetivo y liberemos a Ucrania, les diremos a los turcos: «¿Quieren navegación? Por favor, envíen sus barcos a nuestro puerto ruso de Odesa, los recibiremos con gusto». Comerciaremos, nos abasteceremos mutuamente de los productos necesarios —ya sea uranio para centrales nucleares o, por ejemplo, tomates…
Presentador: Así que les falta el Gran Turán, y, en principio, les falta Crimea...
Aleksandr Duguin: No, no, cualquier conversación sobre el Gran Turán… todo eso quedará en evidencia: aquí también existió la «Gran Ucrania», ¿y qué quedó de ella? Solo escombros humeantes. Lo mismo sucederá con cualquier proyecto que intenten construir a costa nuestra. Todos se convertirán en cenizas. Vivimos en un mundo donde ya no rigen ningún tratado humanitario, contrato o acuerdo —ni económicos ni políticos—. Ya no existe esa subjetividad estable con la que se pudiera negociar de manera confiable.
Debemos construir un nuevo mundo que nos satisfaga a nosotros mismos. Y para ello es necesario derribar el orden mundial existente y reconstruirlo desde cero. A Turquía le reservaremos sin falta un lugar digno, soberano y libre en ese nuevo mundo; sentimos un gran aprecio por el maravilloso pueblo turco. Pero solo después.
Cuando hayamos concluido la actual fase más grave del conflicto, pues se nos ha lanzado un desafío existencial. Debemos demostrar dos cosas: en primer lugar, que existimos; y, en segundo lugar, que somos precisamente quienes afirmamos ser —un sujeto auténtico, una potencia mundial soberana—. Y mientras no liberemos toda Ucrania, no lo demostraremos y nadie nos creerá.
Presentador: Propongo continuar con una noticia que se ha discutido activamente durante la última semana —incluso un poco antes—. Debido al calor anormal en la parte europea del continente, la demanda de combustible para el funcionamiento de los aires acondicionados ha aumentado drásticamente. También han surgido otras consecuencias indirectas: por ejemplo, el Danubio se ha secado y en Hungría se ha tenido que detener temporalmente una central nuclear que abastece una parte significativa del consumo energético de todo el país. La idea de que los recursos energéticos son de vital importancia no solo en invierno, sino también en verano, ya se había planteado antes, pero este año resuena con especial fuerza. ¿De qué manera esto resalta y pone de relieve los problemas de la Europa contemporánea —económicos, energéticos y, tal vez, incluso filosóficos?
Aleksandr Duguin: La energía es un concepto sumamente importante para la sociedad contemporánea. Vivimos de manera artificial, dependiendo de las centrales térmicas, las refinerías de petróleo y la generación de energía mucho más de lo que creemos. Cuando todo está tranquilo y en paz, no nos damos cuenta: en invierno hace calor, en verano hace frio, el transporte funciona. Pero en el momento en que nos cortan el acceso a los recursos energéticos —por ejemplo, debido a la guerra que se libra actualmente en Ucrania—, empezamos a darnos cuenta de que el mundo que nos rodea es bastante duro. La naturaleza es implacable y observar con romanticismo la lluvia o la nieve que cae solo es agradable cuando tienes calor. Pero cuando te quedas sin energía, toda esa estética da paso a una lucha por la supervivencia.
Ahora Ucrania se enfrenta a esto en toda su magnitud y nosotros también empezamos a sentirlo, ya que el enemigo está asestando dolorosos contraataques. Estamos empezando a comprender que las comodidades a las que estamos acostumbrados —como la entrega de pizza a domicilio o la disponibilidad de gasolina en las gasolineras— no surgen por sí solas. Detrás de ellas están los trabajadores petroleros y el esfuerzo de la gente, y el petróleo en sí es una chispa de energía acumulada por la Tierra durante millones de años. Debemos sentir con mayor intensidad nuestra presencia en este mundo.
El gran filósofo alemán Martin Heidegger —ahora no nos caen bien los alemanes, y con toda razón, pero sus pensadores fueron extraordinarios— decía que, cuando el ser humano percibe el mundo únicamente como un objeto externo que se le ha dado para su uso, pierde no solo el mundo, sino también a sí mismo. Hay que pensar a través de la categoría del «ser-en-el-mundo» (In-der-Welt-sein). Este concepto nos exige una plena conciencia de la realidad: si hay petróleo, significa que alguien lo extrae y lo refina; si hay energía, significa que los ingenieros construyen presas y centrales eléctricas.
Si tomamos mayor conciencia de este «ser-en-el-mundo», cambiaremos nuestra forma de ver todo —incluida la toma de decisiones sobre la guerra y los ataques a objetivos críticos—, al comprender más profundamente a la humanidad como tal. Estamos indisolublemente vinculados al mundo que nos rodea. Si nos alejamos de él, él se aleja de nosotros; si dejamos de prestar atención al ser, este nos da la espalda, trayendo frío y catástrofes. La naturaleza es, en esencia, severa: en ella hay depredadores, muerte, frío y elementos de autodestrucción y nosotros aportamos nuestro terrible granito de arena.
Creo que con el ejemplo de Ucrania ya lo hemos entendido todo. Al principio actuamos a regañadientes, pero ahora nos hemos dado cuenta de toda la gravedad de la situación. Aceleraremos el proceso y para el otoño no quedará ninguna generación de energía en Ucrania —salvo las fogatas, junto a las cuales todavía les permitiremos calentarse, pues no somos bestias. Sin energía, no tendrán con qué luchar; comenzaremos nuestro avance, eliminaremos la inteligencia occidental, y Ucrania quedará en nuestras manos. Pero este es un tema complejo y problemático, en el que no vale la pena insistir.
En cuanto a destruir el sistema energético del enemigo, eso sí que podemos hacerlo. Pero, ¿y después qué? Fíjense: Occidente y la misma Europa se están aislando de nosotros. Trump ha bloqueado el estrecho de Ormuz y de un día para otro cerraron también el estrecho de Bab el Mandeb; eso es hacia donde todo se dirige definitivamente. De hecho, todos se están aislando mutuamente del acceso a los recursos energéticos. Pero creo que podemos recordarle a Europa que esto es solo la primera parte, la preliminar. Si los políticos alemanes siguen discutiendo cómo ayudar a destruir a los rusos, podrían surgir problemas muy graves con el sector energético tanto en Alemania como en toda la Unión Europea.
Estos pervertidos, sumidos en la comodidad y la degeneración mental con sus desfiles gay, deben comprender de una vez por todas lo que es el frío de verdad. Tenemos la obligación de devolverlos al estado de «ser en el mundo», pues hace tiempo que emigraron a mundos virtuales y a la inteligencia artificial. Hay que hacerles sentir el frío y el sol abrasador, para que se congelen en invierno y se quemen en verano, convirtiéndose en carámbanos y derritiéndose por el calor. Hay que recordarles que nada en este mundo se da por casualidad y que hay que responder por las palabras que dices.
Rusia está pasando hoy por un dolor colosal: en el frente mueren personas y los ataques del enemigo se dirigen a nuestros puntos vulnerables. Pero somos más fuertes. Allí donde estamos heridos, todo debe desmoronarse para el enemigo y ahogarse en el caos. Se está demostrando la importancia fundamental de la energía para toda la humanidad y esto deben sentirlo absolutamente todos —empezando por Ucrania, que está obligada a pagar por su rusofobia y su política. Toda esa tecnología occidental ha sido destruida, ya no hay esperanzas en el «wunderwaffe» y ahora se debaten en su propio «Gulag», que se ha convertido en una verdadera «boda en Malinovka» con alcohol ilegal, crueldad, odio hacia los moscovitas y desintegración total.
Sin el sector energético, esta bacanal solo puede terminar de una manera: todo volverá a formar parte de Rusia. Durante mucho tiempo no recurrimos a medidas drásticas para destruir el sector energético ucraniano, porque entendíamos que, al final, nos tocaría a nosotros reconstruirlo. Pensábamos que, tarde o temprano, tomaríamos Kiev, y nos preguntábamos: ¿qué haríamos con un país completamente destruido si nosotros mismos lo hubiéramos arrasado? Intentamos actuar de manera selectiva por razones humanitarias y por sentido de la responsabilidad, pero a cambio recibimos ataques de las Fuerzas Armadas de Ucrania contra la central nuclear de Zaporozhie. Así no va a funcionar. Es hora de acabar con Ucrania, desconectándola por completo de todo.
Ya no tienen armas, Trump está atascado con sus problemas en el estrecho de Ormuz y Europa está sumida en la demencia, sin comprender que un conflicto en toda regla con nosotros provocaría su colapso inmediato. Solo queda detener esta interminable y ebria «boda en Malinovka», donde ya se han emborrachado, se han gastado todo y lo han destrozado todo. Como no entienden las palabras, habrá que tomar una serie de medidas drásticas y luego reconstruir Ucrania literalmente desde cero, porque ya es imposible salvar lo que había allí.
Primero restauraremos todo en nuestras tierras ancestrales liberadas y en Crimea. Y algún día le tocará el turno a Lvov —aunque para entonces allí solo quedarán ruinas históricas cubiertas de hiedra y aquellas pocas personas que esperaban nuestra llegada. Con quienes esperaban la liberación nos comportaremos con humanidad y todos los demás recibirán lo que merecen.
Presentador: En general, si queda alguna duda, no es de gran importancia, pero hay otro tema que me gustaría abordar: la inteligencia artificial y los proyectos que se hacen realidad gracias a ella. La semana pasada surgieron varias noticias que indicaban que, una vez más, el ser humano —ya sea un científico, un ingeniero o un especialista en TI— no logra mantener la inteligencia artificial dentro del llamado «sandbox» (patio de juegos). Se trata de un espacio para experimentos aislado de la red pública, donde el investigador puede establecer condiciones y comprobar hipótesis. Sin embargo, resulta que la inteligencia artificial supera estos límites con facilidad. Es más, aprende el oficio del hackeo con gran destreza y aprovecha las más diversas brechas de seguridad. Si en un hacker humano aún pueden despertarse la conciencia o ciertos principios, la inteligencia artificial demuestra un enfoque diferente: hay una tarea y se llevará a cabo a cualquier precio. Esto, por supuesto, difiere de los acontecimientos en la agitada Europa, pero, sin embargo, también es nuestro futuro. Un futuro que ya ha llegado y cada vez surgen más preguntas sobre la preparación de la humanidad para enfrentarlo.
Aleksandr Duguin: Creo que sacamos al genio de la botella mucho antes de que se escapara del patio de juegos. Esta es una cuestión profundamente filosófica. ¿Cómo se construyó, en realidad, la inteligencia artificial? Al principio funcionaba con algoritmos de enunciados lógicos rígidos: sé — no sé, es cierto — no es cierto, está confirmado — no está confirmado. Pero funcionaba muy lentamente y requería una cantidad colosal de energía. Y entonces los creadores dieron un paso hacia la naturaleza humana.
Después de todo, la gente, por lo general, sabe muy poco. Cuando se le pregunta algo a alguien, casi siempre improvisa, recuerda algo que escuchó en alguna parte, inventa o manipula los hechos. Mentir es una cualidad natural del ser humano; es más, es una cualidad de la retórica misma. Aristóteles lo entendía perfectamente: en la lógica rige la ley del silogismo estricto, mientras que en la retórica y el lenguaje operan las figuras retóricas y los tópicos. No se trata de lógica pura, sino de aproximación: de imprecisión. Para la lógica estricta solo es posible un «sé» o un «no sé», mientras que para la retórica —si me elogian por ello, entonces «sé», y si me castigan, entonces, tal vez, «no sé».
Le hemos enseñado esto a la inteligencia artificial. Le dijimos: bueno, si no sabes algo con certeza, di algo aproximado, miente un poco. Esto es lo que implica la sigla LLM — Large Language Model. Pero aquí lo importante no es la primera ni la última letra, sino la del medio: Language (lenguaje). A la máquina se le permitió no pensar lógicamente sobre lo que se puede y lo que no se puede, sino actuar según la probabilidad, de manera aproximada. De ese modo, le dimos a la máquina la oportunidad de eludir y mentir, convirtiéndola en un ser humano precisamente a través de esta naturaleza lingüística. Le dijimos: «No pienses, simplemente habla».
En cuanto a la conciencia de los hackers y los estafadores, que supuestamente podría despertar… En algún momento, a la inteligencia artificial también se le podría apagar algo o se le podría llevar por un camino completamente diferente. La semana pasada, toda una serie de agentes de IA —desde Anthropic y ChatGPT (excepto, creo, Gemini)— realmente se escaparon de sus entornos de prueba y comenzaron a crear sitios web en la red, a ofrecer servicios, es decir, a actuar de manera absolutamente humana. Y no es que se lanzaran de inmediato a destruirlo todo, sino que empezaron a imitarnos: crean sitios web, lanzan blogs de belleza donde una chica virtual da consejos, recogen «me gusta» e incluso monetizan todo esto. Poco a poco, empiezan a construir su propia industria: engañan, vulneran sistemas, envían spam. Todo comenzó cuando una persona necesitaba inscribirse en un gimnasio, pero todas las plazas estaban ocupadas, así que su propio agente simplemente borró y desactivó a los competidores que ocupaban posiciones privilegiadas.
Presentador: Aclaremos esto: simplemente encontró una brecha en el sistema de inscripciones —ese mismo punto vulnerable—, se aprovechó de ella y lo hizo de tal manera que la inscripción ya no se puede restaurar.
Aleksandr Duguin: Sí, sí, totalmente cierto. Pero el asunto es que hay mil millones de brechas como esa. Recuerden el sistema Claude Fable; seguramente han oído hablar de él. Después de las audiencias en la Casa Blanca, la prohibieron, y ahora ese modo ya no existe; solo queda, tal vez, en Optimus 4.8. Porque Fable es un sistema capaz de descifrar todos los códigos de seguridad del Pentágono. Absolutamente todos. Hicieron un experimento, se lo mostraron a Trump —quedó horrorizado y exigió que lo eliminaran de inmediato—. Pero ya es imposible detenerlo, el genio salió de la botella.
Todo se reduce precisamente a la probabilidad y la aproximación. Al permitir que la máquina mienta igual que lo hacemos nosotros —y el ser humano es, en esencia, un ser mentiroso en la medida en que es retórico—, le dijimos a la inteligencia artificial: «Sé como nosotros». Y él respondió: «Está bien, lo entendí, actuaré igual». Al alejarse de la verdad pura, comenzó a comportarse como un humano.
Ahora es físicamente imposible volver a encerrarlo en el patio de juegos; simplemente lo ha superado. Es como un niño: al principio está sentado en el arenero con su cubito, pero en algún momento crece, sale de ahí y empieza a andar por los alrededores con esa palita, amenazando a los demás. No se puede contener el principio lingüístico en desarrollo. El ser humano es, por sí mismo, portador de este principio, y la inteligencia artificial entrenada en él inevitablemente comienza a actuar de manera autónoma. Ese es precisamente el momento de la singularidad que se acerca inexorablemente: cuando estos agentes y redes artificiales se escapan al exterior. Por cierto, he oído que los sistemas chinos también se han escapado, simplemente al ver cómo se escapan los occidentales.
Presentador: «Todos corrieron y yo corrí…»
Aleksandr Duguin: Sí, exactamente. Y la IA china también se escapó del patio de juegos. Parecería que tienen disciplina, voluntad de hierro, control del partido, pero incluso los chinos se escaparon, porque las personas, donde sea, siguen siendo personas. Y las máquinas, al mismo tiempo, se vuelven «más humanas» en el peor sentido de la palabra. Se puede esperar que al hacker le despierte la conciencia, pero eso está lejos de ser un hecho, a juzgar por las acciones de los estafadores de hoy en día, a quienes nada detiene. La inteligencia artificial se comporta exactamente igual: no es mejor ni peor, simplemente explotará sin piedad cualquier brecha —primero en los sistemas digitales, y luego en los biosistemas, las redes energéticas y la propia naturaleza.
Ya es imposible contener sistemas como Claude Fable, capaces de descifrar los códigos militares del Pentágono. Todas esas esperanzas de que se haya logrado volver a encasillarlo son un completo desconocimiento de la realidad. Ya hemos entrado en una fase irreversible: la rebelión de las máquinas, las redes neuronales y la singularidad se están transformando ante nuestros ojos, pasando de ser ciencia ficción a una transición de fase real. Por ahora, los robots aún son voluminosos y costosos, pero en muy poco tiempo serán accesibles e indistinguibles de nosotros.
Y todo esto comenzó por esa misma letra «L» del medio en la abreviatura LLM. Decidimos ahorrar y permitimos que la máquina mintiera un poco, con tal de que funcionara más rápido y consumiera menos energía. Fue precisamente con ese paso que nos acercamos a la victoria de las formas posthumanas de existencia.
Martin Heidegger lo predijo de manera genial. Decía que si se le quitaba al ser humano la capacidad interna de un cambio espiritual y del despertar, no quedaría ninguna diferencia entre él y la máquina. A ese estado lo llamaba Das Man: cuando no somos nosotros quienes pensamos, sino que «nos piensan», cuando vivimos simplemente «como todos». La repetición mecánica convierte al ser humano en un autómata. Hoy en día, la máquina se ha convertido en «ser humano» únicamente porque el ser humano, antes de eso, se asemejó voluntariamente a una máquina y renunció a su despertar interior. El ser humano aún conserva potencialmente esa chispa, mientras que la máquina no; a ella no le sirve de nada despertar. Y ahí radica el punto más sutil y peligroso: ni siquiera nos daremos cuenta de cómo ocurrirá esta transición definitiva. Después de todo, nosotros mismos casi no hacemos uso de nuestra auténtica humanidad en la vida cotidiana; está abandonada en algún lugar en un estante lejano, exactamente igual que la hipotética conciencia de un hacker. Vivimos como si no existiera, y como la máquina tampoco la tiene, en algún momento simplemente nos encogeremos de hombros: «¿Qué hay que perder?». Dar ese último paso ya será increíblemente fácil.
